
La historia que nos llega desde Ghaziabad, India, es de esas que te hacen levantar una ceja y pensar: ‘¿En serio?’. Y sí, en serio. Un hombre, Rajesh, de 40 años y con la rutina de un trabajador de fábrica a sus espaldas, encontró un final prematuro en las vías del tren, pero no de la forma habitual. Su caso es una lección magistral sobre los peligros de la multitarea y, quizás, de la elección de un mal lugar para ciertos menesteres.
Era una noche cualquiera, alrededor de las siete y media, cuando Rajesh, camino a casa tras una jornada laboral, sintió la llamada de la naturaleza. Decidió que el lugar más oportuno para aliviarse era, ni más ni menos, que las mismísimas vías del tren, cerca de la estación de Sahibabad. Hasta ahí, uno podría decir, una imprudencia. Pero la historia no acaba aquí, no.
Nuestro protagonista, además de estar en un lugar bastante poco idóneo, estaba inmerso en una conversación telefónica. Sí, como lo oyes. Mientras hacía sus necesidades, charlaba animadamente por el móvil, completamente ajeno a lo que sucedía a su alrededor. Tanto es así que no se percató del tren de pasajeros Delhi-Saharanpur que se acercaba, silbando su inminente destino.
El resultado fue, por desgracia, fatal. Rajesh fue arrollado por el convoy, perdiendo la vida en el acto. La policía, al llegar al lugar de los hechos en Ghaziabad, Uttar Pradesh, se encontró con el trágico escenario. Gracias al historial de llamadas de su teléfono móvil, pudieron identificar al pobre hombre y contactar con sus familiares, quienes confirmaron su identidad. El cuerpo fue trasladado para una autopsia rutinaria, cerrando así un capítulo de lo más inusual.
Este incidente nos recuerda que, a veces, la vida nos golpea con lecciones muy duras en los momentos más inesperados y por las razones más insólitas. La distracción, sobre todo cuando se combina con lugares peligrosos, puede tener consecuencias irreversibles. Así que ya sabéis, la próxima vez que la naturaleza os llame en un lugar público, aseguraos de que no estáis en una vía de tren y, por el amor de Dios, ¡colgad el teléfono!
