
«Mantener la Paz del Rey». Suena a título de película medieval o, bueno, a una ley británica de esas que tienen siglos de antigüedad y te obligan a comportarte con la máxima flema. Pues bien, parece que para una mujer en Reino Unido, mantener esa famosa «Paz del Rey» implicaba un enfoque bastante… particular, por no decir canino.
La historia es de esas que te hacen replantearte si la gente está ensayando para un sketch de Monty Python. Todo comenzó cuando la policía acudió a un aviso por alteración del orden público. Una detención rutinaria, o eso esperaban los agentes, que intentaban calmar las aguas y aplicar la susodicha «Paz del Rey» a la ciudadana díscola.
El proceso de arresto, sin embargo, se desmadró más rápido que un desfile de corgis bajo la lluvia. Durante el forcejeo, la protagonista de esta crónica surrealista decidió que la mejor arma contra la autoridad era, sorpresa, su dentadura. Sí, mordió a uno de los agentes. Hasta aquí, una historia de resistencia al arresto, lamentablemente, común.
Pero, esperen, que aquí llega el giro de guion que convierte esta noticia en oro puro. Mientras forcejeaba, era inmovilizada, o quizás justo después de dar el bocado de la discordia, la mujer no se conformó con el ataque físico. Necesitaba añadir un toque de ironía política de alto calibre. Con la boca aún caliente por el forcejeo, gritó a pleno pulmón: «¡Viva el Rey!»
Es decir, esta persona estaba atacando físicamente a un representante de la ley y el orden del Rey (un delito grave, por cierto), ¡mientras le declaraba su lealtad eterna al monarca! Es una dualidad que ni Shakespeare se atrevió a escribir: lealtad absoluta y agresión de tipo animal en el mismo paquete. Los agentes, suponemos, se quedaron con la boca abierta y la mordida dolorida, preguntándose si acababan de detener a una espía doble o simplemente a alguien que había mezclado demasiado el gin-tonic con un fervor monárquico excesivo. Una cosa es clara: falló estrepitosamente en mantener la Paz del Rey, pero triunfó en crear una anécdota inolvidable para los archivos policiales británicos y para el subgénero ‘sucesos absurdos’.
