Salzburgo llenó sus jardines de Mozarts dorados por su 270 aniversario. Seis semanas después faltaban 210 y la muestra tuvo que cerrar antes…
Salzburgo repartió a mediados de julio unas 320 estatuillas doradas de Mozart por sus jardines y sus casas museo para celebrar los 270 años del nacimiento del compositor. El 12 de agosto, la Fundación Internacional Mozarteum hizo recuento en el jardín Mirabell: de las 230 que había colocado allí, faltaban 210.
No se las llevó el viento: la parte más numerosa de la instalación se quedó tan pelada que hubo que darla por terminada antes de tiempo.
¿Qué eran los mini-Mozarts dorados de Salzburgo?
La obra se titula Mozart – Das unbezähmbare Genie («Mozart, el genio indomable») y la firma Ottmar Hörl, un artista conceptual alemán con una especialidad muy suya: multiplicar una misma figura hasta que deja de ser escultura y se convierte en paisaje. Cada pieza mide medio metro escaso y está hecha de plástico resistente a la intemperie. El oro, por cierto, es pintura.
Y el Mozart de Hörl no posa de genio inalcanzable. Está de pie, con la mano derecha tendida hacia quien pasa y la izquierda apoyada en la cabeza de Pimperl, la perra de la familia Mozart que asoma una y otra vez en las cartas de la casa. El artista lo explicó sin rodeos.
No quería hacer un monumento a Mozart. Ya hay suficientes.
Lo que buscaba, contó, era el Mozart de andar por casa.
¿Cómo desaparecieron 210 estatuillas?
Las figuras se colocaron en el jardín Mirabell, en el jardín del Mozarteum, en la Residencia Mozart y en el Zauberflötenhäuschen, la caseta de madera asociada a la composición de La flauta mágica. A ras de suelo, sin vitrina y sin vigilante, que era justo la gracia del asunto: encontrártelas entre los setos.

Pero ese rincón del Mirabell se cierra con llave por la noche, así que vaciarlo a ese ritmo no cuadra con el turista distraído que se lleva un recuerdo. La muestra terminaba a finales de agosto y las figuras iban a venderse al desmontarla, a 90 euros cada una. Las 210 que faltan suman, según el propio Hörl, un agujero de unos 20.000 euros. Su diagnóstico es más incómodo: robo organizado.
¿Por qué el artista no se sorprende?
Porque lleva media vida soltando ejércitos de esculturas idénticas en la calle y ya sabe cómo acaba la cosa: gnomos de jardín en Straubing, diez mil búhos en Atenas, siete mil liebres de Durero en la plaza mayor de Núremberg. En 2023 instaló un centenar largo de Wagner dorados frente al teatro de los festivales de Bayreuth y se los quitaron todos, de noche y pese a estar sujetos. Cuando expones en el espacio público, viene a decir, el espacio público hace lo que le da la gana con tu obra y no te queda mucho derecho al pataleo. Es la misma intemperie que aguantan las esculturas plantadas a pie de calle, solo que en formato bolsillo.
Queda el consuelo del inventario: siguen en pie las figuras del Mozarteum y las de la Residencia, y en algún salón anónimo hay ahora una colección clandestina de compositores dorados, tan absurda como una plaza entera mirando un hueso de oro. Hörl ya ha visto a un museo convertir el absurdo en homenaje; esta vez el homenaje se lo han llevado a plazos. Si algún día aparece un mini-Mozart con perra incluida en un mercadillo, ya sabemos de qué jardín salió.
Vía AP, ORF Salzburgo, Smithsonian Magazine, la Fundación Mozarteum, la web de Ottmar Hörl y, sobre el robo de Bayreuth, Monopol.
Foto de portada: © Wolfgang Lienbacher / Ottmar Hörl.




