Imagina que trabajas en un laboratorio de plena posguerra, rodeado de equipos de radar, y al meter la mano en el bolsillo te encuentras la chocolatina hecha un pegote pringoso. La mayoría habría maldecido y a otra cosa. Percy Spencer, en cambio, se preguntó por qué.
El horno microondas nació de esa pregunta: en 1945, el ingeniero estadounidense Percy Spencer descubrió, mientras trabajaba junto a un magnetrón de radar en la empresa Raytheon, que las mismas ondas que detectaban aviones enemigos también cocinaban la comida. De una simple chocolatina derretida salió uno de los electrodomésticos más comunes del planeta.
¿Cómo se descubrió que las microondas cocinaban?
El relato que siempre se cuenta —y que la propia Raytheon repite— dice que Spencer llevaba una golosina en el bolsillo cuando pasó junto a un magnetrón encendido, el tubo que genera las microondas del radar. Al notarla derretida, ató cabos. La marca exacta de aquella chocolatina, por cierto, nunca se ha confirmado.
Lo que vino después encaja con su fama de curioso: apuntó el aparato a unos granos de maíz y los vio estallar en palomitas, y luego a un huevo, que reventó al cocerse por dentro antes que por fuera. Conviene avisar de que esta parte es la versión tradicional; no hay fuentes primarias que la documenten al detalle.
Lo que sí está documentado es que el 8 de octubre de 1945 Spencer presentó la patente de un “método para tratar alimentos” con microondas.
¿Quién era Percy Spencer?
Aquí está lo más increíble: el hombre que domesticó las microondas apenas pisó una escuela. Huérfano desde bebé, Spencer dejó los estudios hacia los 12 años y aprendió física e ingeniería por su cuenta, leyendo libros de texto. Llegó a ser uno de los ingenieros estrella de Raytheon sin un solo título colgado en la pared.
¿Cómo era el primer microondas de la historia?
Nada que ver con el cacharro de tu cocina. El primer horno comercial, el Radarange de Raytheon, salió en 1947, medía casi 1,8 metros de alto, pesaba unos 340 kilos y tragaba 3 kilovatios. Costaba alrededor de 5.000 dólares de la época: un armario carísimo reservado a restaurantes, transatlánticos y trenes.
Hubo que esperar a 1967 para que Amana, ya parte de Raytheon, lanzara el primer modelo de encimera asequible para el hogar, por unos 495 dólares. De ahí en adelante, el trasto de laboratorio acabó en millones de cocinas, funcionando a los famosos 2,45 gigahercios. No es el único electrodoméstico insólito que nos ha dado el ingenio: en Japón ya puedes meterte en un refrigerador para personas, y hay productos de éxito, como el slime de Nickelodeon, que también nacieron medio de casualidad.
La historia de la tecnología está llena de estos golpes de suerte —hasta un portaaviones secreto se ha delatado por accidente—. Así que la próxima vez que recalientes el café por cuarta vez, acuérdate: todo empezó porque a un tipo se le derritió una chocolatina y, en lugar de tirarla, se hizo una pregunta.
Vía Today I Found Out e IEEE Spectrum.

