Un estudio ve una marca comercial en la cerámica pintada de un oasis del desierto de Arabia: estilo inconfundible, exportación e imitaciones…
Imagina un mercado en un oasis del desierto hace 3.200 años. Entre cacharros anónimos hay una vajilla que se reconoce a cinco metros: fondo claro, dibujos en rojo y negro, avestruces y leones. No lleva etiqueta, pero todo el mundo sabe de dónde ha salido. Y quien puede pagarla, la paga.
Un equipo internacional dirigido por Marta Luciani, de la Universidad de Viena, sostiene que esa cerámica funcionaba como una marca comercial hace unos 3.200 años. Se fabricaba en el oasis de Qurayyah, en el noroeste de la actual Arabia Saudí, y el trabajo se publicó el 19 de agosto de 2026 en la revista PLOS ONE.
¿Por qué una vajilla pintada cuenta como marca?
Porque cumple la lista. Los autores fijaron ocho criterios para reconocer una marca en el registro arqueológico: identidad visual, consistencia de las materias primas, continuidad tecnológica, producción centralizada, circulación por exportación, imitaciones locales, alcance comercial intencionado y reputación cultural. La variedad de hace 3.200 años los cumple todos, y por eso el estudio habla de un ejemplo temprano de creación de marca.
La identidad visual salta a la vista: sobre el barro claro aparecen motivos geométricos, flores y un repertorio animal larguísimo —leones, íbices, avestruces, toros, zorros, jerbos y hasta lagartos de cola espinosa—, además de hombres y mujeres en escenas ligadas a rituales funerarios.
Y luego está el criterio más elocuente: las imitaciones. Que otros alfareros copien tu producto significa que ya vale algo por sí mismo, más allá de para qué sirva. Justo lo que hoy separa un bolso de marca de un bolso a secas.

¿Cómo saben los arqueólogos que salió de ese oasis?
Que la vajilla venía de Qurayyah se proponía desde los años setenta, cuando se documentó allí un horno alfarero. Lo que aporta el equipo de Luciani es la confirmación con tres métodos combinados —tecnológico, petrográfico y geoquímico— sobre unas cuatro decenas de fragmentos estratificados del relleno de ese horno. La huella mineral y química de la arcilla señala al oasis y sirve de patrón para comparar con piezas de Tell el-Kheleifeh y Pella, ambos en Jordania.
De paso, el trabajo cierra un malentendido de manual: durante décadas a esta vajilla se la llamó «cerámica madianita», por el pueblo bíblico de Madián. Una marca con el nombre cambiado, que ya es mala suerte.

¿Hasta dónde viajaban aquellas vasijas?
Lejos. La producción arrancó hace unos 3.600 años, y cuatro siglos después apareció la variedad figurativa que se convirtió en el producto de exportación. Salió cientos de kilómetros hacia el norte, hasta el Levante meridional —Tell el-Kheleifeh y el santuario de Timna dedicado a la diosa egipcia Hathor—, y hacia el sur, al norte de Arabia. La tradición siguió viva en el oasis otros mil años.
«Los habitantes del oasis fueron lo bastante ingeniosos e inventivos como para crear su propio repertorio cerámico: para atesorarlo en casa y acabar exportándolo al extranjero», resume Luciani.
Tres mil años después seguimos en las mismas: la guía Michelin se inventó para vender neumáticos y el icono del bluetooth esconde runas vikingas. Cambia el soporte —de la arcilla al logotipo—, pero la idea ya funcionaba mucho antes de que nadie esculpiera una Venus romana. La próxima vez que pagues de más por un logo, piensa en un alfarero del desierto.
Vía Universidad de Viena, Phys.org, The National y el estudio completo en PLOS ONE.




