
Imaginad la escena: una mañana cualquiera en una licorería de Milton, Virginia Occidental, y de repente, ¡zas! Entre las estanterías de licores, no un cliente habitual, sino un mapache bastante… pasado de rosca. La pobre Ashly Jefferson, empleada del local, se topó con el insólito espectáculo: un pequeño gamberro peludo que se había montado la fiesta del siglo a costa de unas cuantas botellas rotas.
Sí, como lo leéis. Este astuto (o más bien, aturdido) marsupial había decidido que era una excelente idea darse un festín alcohólico. Las botellas, quién sabe cómo, acabaron por los suelos, y nuestro amigo de antifaz no desaprovechó la oportunidad. Cuando Ashly lo encontró, el mapache ya andaba más que ‘cargadito’, tambaleándose de aquí para allá como si la gravedad fuese una mera sugerencia y no una ley física inquebrantable.
La cosa se puso seria (o cómica, según se mire) cuando la resaca hizo acto de presencia antes de tiempo. El mapache, ya totalmente fuera de combate, decidió que el mejor sitio para echar una cabezadita era, ni más ni menos, que en el suelo de la propia licorería. Un desmayo en toda regla que requirió la intervención del control de animales.
Joe Williams, el oficial encargado de lidiar con fauna salvaje, llegó al lugar y no tuvo dudas: el mapache estaba «definitivamente intoxicado». ¡Menudo diagnóstico! Williams, que ya había visto cosas raras como ardillas borrachas de manzanas fermentadas, admitió que lo de un mapache en una licorería era un nivel superior. El animal fue recogido con todo el mimo (y alguna que otra risa, imaginamos) y trasladado a un refugio local.
¿El objetivo? Que nuestro peludo amigo «durmiera la mona» como Dios manda. Una vez sobrio y recuperado de su épica juerga, sería devuelto a su hábitat natural, esperemos que con una lección aprendida… o al menos, sin ganas de repetir semejante festival etílico. La verdad es que este mapache ha sabido cómo dejar huella, convirtiéndose en la leyenda local del «borracho» más inesperado.
