
Imaginad la escena: una noche cualquiera en Boston, un coche circula con una de sus luces fundidas. Lo que para la mayoría sería una simple multa por una infracción de tráfico, se convirtió en el inicio de una historia digna de guion de comedia negra. El protagonista de este embrollo: el mismísimo Jorge I. Domínguez, un nombre que resonaba en los pasillos de Harvard, reputado catedrático de Gobierno y ex director del prestigioso Weatherhead Center for International Affairs. Una eminencia, vamos, con un currículum que abultaba tanto como su posición.
El 23 de octubre de 2013, la policía detuvo su coche por esa dichosa luz fundida. Lo que el agente no esperaba encontrar al echar un vistazo al interior era a un joven que, al ser preguntado, resultó tener 17 años y, para colmo, confesó que el honorable profesor le había pagado por mantener relaciones sexuales. Para añadir más leña al fuego, se encontró un preservativo en el vehículo. Domínguez, por su parte, negó el pago, pero admitió estar en compañía del menor. ¡Vaya tela!
Pero la historia se pone aún más interesante (y menos graciosa) si echamos la vista atrás. Resulta que esta no era la primera vez que el señor Domínguez se veía envuelto en polémicas de índole sexual. Su expediente ya incluía acusaciones de acoso sexual por parte de varias mujeres en 1983 y, de nuevo, en 2005. De hecho, una investigación de 2006 ya le había costado su puesto como director de un centro y le obligó a tomarse un año sabático forzoso. Parece que ‘el que tuvo, retuvo’, o al menos eso dirían en España.
Tras el arresto, Domínguez fue puesto en libertad bajo una fianza de 500 dólares, una cantidad que, para alguien de su posición, seguramente era calderilla. Pero aquí viene lo bueno: antes de que nadie en Harvard pudiera articular palabra, el profesor Domínguez hizo lo que mejor saben hacer algunos cuando la cosa se pone fea: coger un billete solo de ida y poner rumbo a Cuba, su país natal. ¡Adiós muy buenas! La Universidad de Harvard, por supuesto, se apresuró a confirmar que Domínguez ya no era parte de su plantilla.
Una historia de contrastes: el prestigio académico de Harvard, la seriedad de un catedrático… y una simple luz fundida que destapó un escándalo con olor a ‘déjà vu’ y un final de escapada digno de película. Sin duda, una noticia que nos recuerda que hasta en las mentes más brillantes, a veces, se funden los plomos.
