
Vamos a ver, que la cosa tiene guasa. En la pintoresca provincia de Ontario, Canadá, han tenido una brillante idea para la seguridad vial en zonas escolares: poner señales nuevas y más grandes. Hasta ahí, todo bien, ¿verdad? Pues agarraos, porque el diablo, o más bien el diseñador, está en los detalles, o en la falta de ellos.
Resulta que estas flamantes señales de zona escolar, con unas dimensiones que quitan el hipo (1.200 milímetros por 600 milímetros, para los que les guste la métrica), son tan, tan grandes que… ¡sorpresa! No caben en los postes estándar de 2,4 metros que ya estaban instalados en la región. Sí, habéis leído bien. Las señales, diseñadas para ser más visibles, literalmente se quedan sin sitio, asomándose por debajo del poste y metiéndose en la zanja o quedando a una altura ridícula. Es como comprar un cuadro gigante y darse cuenta de que no cabe en la pared del salón.
La situación, que roza lo cómico si no fuera porque hablamos de dinero público, ha generado un pequeño (o gran) quebradero de cabeza. Las autoridades municipales se han encontrado con la papeleta de tener que reemplazar miles de postes. En lugar de los de 2,4 metros, ahora necesitan unos de 3 metros para que las señales queden a la altura reglamentaria y no parezcan una decoración navideña caída.
Y claro, cambiar un poste no es gratis. Se calcula que cada uno de estos nuevos postes más largos tiene un coste de entre 70 y 80 dólares. Multiplicad eso por las aproximadamente 2.000 señales nuevas que se están instalando en Ontario, y ¡voilà! Tenemos un sobrecoste que oscila entre los 140.000 y los 160.000 dólares solo en postes. Y a esto hay que sumar el tiempo, la mano de obra extra y los retrasos en la instalación. Un festival de la ineficiencia, vaya.
La culpa, según los murmullos de los concejales de la región de Niágara, recae directamente en el Ministerio de Transporte de Ontario (MTO). Al parecer, el MTO modificó el diseño de las señales para hacerlas más grandes sin molestarse en verificar si los postes existentes eran compatibles. Enviaron las nuevas especificaciones a los municipios, sí, pero omitieron la pequeña (y crucial) advertencia: «Oye, que os va a tocar cambiar todos los postes».
El concejal Bruce Timms, con una mezcla de indignación y resignación, lo resumió perfectamente: «Es ridículo». Y no le falta razón. Es el típico escenario donde la burocracia y la falta de comunicación dan como resultado una situación absurda y costosa. Un recordatorio para todos de que, a veces, las soluciones más obvias son las que menos se tienen en cuenta. Un auténtico «fail» de diseño a gran escala que nos deja con la boca abierta y una sonrisa socarrona.
