
Hay misiones científicas y luego está la de los ‘Hurricane Hunters’, esos héroes de la meteorología que se meten en el centro de un huracán por el bien de la ciencia y, seamos sinceros, por pura adrenalina. Pero incluso cuando estás jugándotela contra la furia de la naturaleza, el estómago ruge y la comodidad de la comida rápida siempre llama.
El escenario de esta épica culinaria fue durante la monitorización del huracán Melissa. La tripulación, compuesta por valientes pilotos y científicos de la NOAA (Administración Nacional Oceánica y Atmosférica), se encontraba a medio camino de su misión, lo que implicaba una parada técnica y de repostaje en el aeropuerto de Bermudas. Y aquí es donde la historia toma un giro deliciosamente absurdo.
Aprovechando la brecha de calma en tierra, los miembros del equipo decidieron que una ración de estrés extremo merecía una recompensa grasienta y calórica. Así que, ni cortos ni perezosos, hicieron un pedido a la pizzería local. La cosa no era sencilla: tenían un margen de tiempo muy limitado antes de que su avión de reconocimiento meteorológico, probablemente un robusto P-3 Orion, tuviera que volver a despegar para adentrarse de nuevo en el ojo de la bestia.
El repartidor, sin duda merecedor de una propina generosa y una medalla, logró navegar hasta la pista, donde la aeronave de la NOAA esperaba rugiendo, lista para su próximo asalto. Imaginen la escena: un avión militar y científico de alta tecnología, rodeado de personal con trajes de vuelo, y de repente, un chaval con una caja de cartón humeante. La imagen es tan surrealista que parece sacada de una comedia de enredos.
La pizza fue entregada con éxito, proporcionando el necesario combustible –el de tipo mozzarella– para que la tripulación pudiera enfrentarse a su próximo segmento de vuelo. Parece que ni el clima más extremo puede con el deseo humano de disfrutar de una buena porción de pizza. Es la prueba de que, incluso en las circunstancias más heroicas, la vida puede ser sorprendentemente normal, y deliciosa.
