
Imagínate la escena. Estás haciendo limpieza a fondo en un negocio familiar que tuvo que cerrar. Un trabajo tedioso, de esos de quitar polvo, mover cajas y recordar viejos tiempos. Ahora ponte en la piel de O’Neil D. Swanson II en Flint, Míchigan. El negocio familiar era, para más señas, una funeraria. Y no una cualquiera, sino una que las autoridades habían clausurado meses antes por sus ‘condiciones deplorables’, que incluían cuerpos sin refrigerar y un ambiente, digamos, poco fresco.
Mientras O’Neil estaba en pleno fregado, algo en el techo de la capilla le llamó la atención. No era una gotera ni una telaraña, sino un trozo de madera que parecía no encajar. Movido por la curiosidad, lo empujó y… ¡sorpresa! Acababa de descubrir una puerta oculta que daba a un falso techo, una especie de desván secreto.
¿Qué encontraría dentro? ¿Documentos antiguos? ¿El testamento perdido de un millonario? Pues no. La realidad superó con creces cualquier ficción. Al asomarse, se topó con el hallazgo más macabro posible: los restos de ‘unos 20 cuerpos’, según las crónicas. Algunos eran cuerpos completos, otros restos incinerados, todos almacenados de cualquier manera y olvidados durante quién sabe cuánto tiempo. Algunos podrían llevar allí años.
Como es lógico, el hombre se quedó de piedra. Él mismo describió la sensación como ‘mortificante’ y ‘devastadora’. No es para menos. Menudo marrón tener que llamar a la policía para decirles: ‘Oigan, que haciendo limpieza he encontrado una veintena de antiguos clientes de mi padre escondidos en el techo’.
Las autoridades se presentaron en la funeraria, que ya tenía un historial para enmarcar, y comenzaron la ardua tarea de identificar los restos y tratar de contactar con las familias afectadas, que probablemente pensaban que sus seres queridos descansaban en paz en otro lugar. La historia de la funeraria Swanson-Flint Memorial Chapel suma así un nuevo y espeluznante capítulo, demostrando que, a veces, los secretos más oscuros están, literalmente, sobre nuestras cabezas.
