
Los años 70 se llevan toda la fama por los pantalones de campana, la música disco y los peinados imposibles. Pero existe toda una cara B de esta década que rara vez aparece en los pósteres nostálgicos. Si le preguntas a quienes vivieron esa época, te contarán historias que hoy en día suenan a auténtica ciencia ficción (o a motivo de intervención de los servicios sociales).
Desde niños que hacían autostop con total normalidad hasta mujeres que necesitaban el permiso de sus maridos para algo tan básico como tener una tarjeta de crédito. Hemos recopilado los recuerdos más locos de la comunidad que demuestran que, definitivamente, los viejos tiempos eran, cuanto menos, salvajes.
Cosas de los 70 que hoy nos harían perder la cabeza
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1. Autostop como deporte nacional (incluso para niños)
Hoy en día no te subirías al coche de un desconocido ni loco, pero en los 70 era el equivalente a coger el autobús. Hubo quien con 12 añitos hacía autostop para recorrer los casi 20 kilómetros que le separaban de su trabajo limpiando perreras. E incluso en las universidades se hacían experimentos sociales haciendo autostop con un amigo o ¡hasta con una planta de tomate!
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2. Fumar en cualquier parte: del cine al instituto
Las salas de cine parecían saunas de alquitrán.
«Podías ver el haz de luz del proyector brillando a través de una espesa nube de humo»
, recuerda un usuario. Pero la locura no acaba ahí: los institutos tenían salas de fumadores para los alumnos. Si tenías 16 años o traías una nota de casa, podías echarte un pitillo entre clase de mates y lengua. Surrealista.
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3. La prehistoria de la ciberseguridad infantil
Ser un latchkey kid (aquellos que volvían solos a casa y tenían su propia llave porque sus padres trabajaban) era común. Pero lo más bizarro es que vendían placas metálicas tipo militar donde grababan el nombre del niño, su dirección completa y le enganchaban la llave de casa. Básicamente, el kit de inicio perfecto para cualquier ladrón que se encontrara a un chaval despistado.
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4. Seguridad vial en modo supervivencia
¿Sillas infantiles? ¿Cinturones de seguridad? Eso era para cobardes. Lo normal era viajar tumbado en la bandeja trasera del coche, detrás de los asientos.
«Sin cinturones, sin reposacabezas, solo espacio abierto para salir volando si había un accidente»
. Y para rematar, en algunos lugares, los autobuses escolares iban llenos hasta los topes y los conducían estudiantes de 17 años del propio instituto.
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5. Incomunicación laboral absoluta
Fichar a la salida del trabajo significaba exactamente eso: desaparecer de la faz de la tierra. Cuando terminaba tu turno, eras inalcanzable hasta el día siguiente. La idea de estar disponible 24/7 sin cobrar por ello era sencillamente ridícula. Qué envidia, ¿verdad?
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6. La odisea de las citas y la vida social
Si quedabas con un amigo el lunes para veros el viernes a las cinco, simplemente aparecías el viernes a las cinco. Sin confirmaciones de última hora, sin excusas baratas. Además, era totalmente normal presentarte en una fiesta en casa de alguien sin invitación formal, solo porque te habían pasado el nombre y la dirección por el boca a boca.
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7. Machismo financiero y laboral
En plena década prodigiosa, era ilegal que una mujer obtuviera una tarjeta de crédito sin el consentimiento de su marido. Y en las oficinas más importantes, los códigos de vestimenta rozaban lo absurdo: las mujeres no podían llevar pantalones. Si se hacían un traje sastre a medida, el jefe les recordaba amablemente que los pantalones no eran apropiados para mujeres.
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8. Las Enciclopedias eran el Google de la época
Tener la Enciclopedia Británica en el salón era el máximo símbolo de estatus. Cuando tenías una duda, no había internet, te tocaba rebuscar en tomos gigantes que costaban un ojo de la cara. Muchas madres las compraban tomo a tomo cada semana en el supermercado.
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9. Peligrosos chats en la carretera
Antes de Tinder y los foros de internet, existían las radios de banda ciudadana (CB). Algunos adolescentes tenían estas emisoras instaladas en sus coches y se escapaban de madrugada para hablar con camioneros y hombres anónimos bajo seudónimos como Little Pony. Un peligro constante del que, por suerte, muchos salieron ilesos al echarse atrás a la hora de quedar en persona.
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10. Televisión: un tesoro efímero y manual
Para cambiar uno de los tres únicos canales disponibles, había que levantarse del sofá religiosamente. No había otra opción. Además, si daban tu serie favorita o echaban El Mago de Oz (una sola vez al año), tenías que estar clavado frente a la pantalla a esa hora exacta o te lo perdías para siempre. Si veías una película en el cine y te gustaba, tenías que esperar años para que la emitieran por televisión.
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11. Belleza a base de latas y yodo
Los secadores de pelo eran un mito de ricos. Para alisarse el pelo rizado, las mujeres usaban latas grandes y vacías a modo de rulos, y congelaban el peinado con geles fijadores que dejaban el pelo como una piedra. ¿Y para ponerse morenos? La receta mágica consistía en mezclar aceite para bebés con yodo y tostarse al sol hasta parecer un cangrejo.
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12. Comprar a ciegas en el supermercado
Olvídate de los códigos de barras y los plásticos protectores. Cada producto tenía su propia pegatina con el precio, que el cajero tecleaba manualmente. Lo más loco es que no había precintos de seguridad ni fechas de caducidad claras: tenías que confiar plenamente en tu vista y tu olfato para saber si algo estaba podrido. Todo esto cambió de golpe tras la crisis de los envenenamientos con medicamentos adulterados en 1982.
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13. El carnet de conducir de broma
Los permisos de conducir no llevaban foto. Esto convertía la falsificación o el préstamo de carnets en un juego de niños. Si compartías altura y color de pelo con alguien mayor de edad, comprar alcohol o tabaco siendo adolescente era lo más fácil del mundo.
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14. Médicos que lo hacían absolutamente todo
El médico de familia de la época era una especie de navaja suiza humana. Podía haberte traído al mundo en un parto hace 12 años y, esa misma tarde, hacerte una radiografía y colocarte un hueso roto tirando del brazo a la fuerza con la única ayuda de tu madre aguantando. Ni enfermeras, ni anestesias raras. Un buen yeso, y a correr al parque.
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15. Entretenimiento de altos vuelos
Volar en un 747 era una experiencia casi mística. No había pantallas individuales, sino una lona al frente de la cabina. Lo más extravagante eran los auriculares: un sistema neumático de tubos de goma huecos que te inyectaban el sonido directamente en el oído mediante aire. Sonaba fatal, pero en aquel momento te sentías en el año 3000.
Así que ya sabes, la próxima vez que te agobies porque el repartidor se retrasa cinco minutos o porque tu móvil tiene un 10% de batería, piensa que sobrevivimos a una época donde los niños viajaban sueltos en la bandeja del maletero y se bronceaban con yodo. ¡Y aquí estamos para contarlo!
