
Agárrense que vienen curvas en el fascinante mundo de la política exterior y las ayudas humanitarias. ¿Se imaginan una situación donde un país tiene unos cuantos esqueletos en el armario en cuanto a derechos humanos, pero oye, si se porta bien con el colectivo LGTB, le cae una subvención? Pues no es una broma, ni una viñeta satírica, sino una política real de la administración Obama allá por 2013.
Resulta que Washington decidió revisar sus criterios para repartir el pastel de la ayuda exterior a través de su programa ‘Next Generation Democracy’. La idea, en principio, era muy loable: animar a los países a mejorar sus registros en igualdad de género y, ojo al dato, en derechos LGTB. Hasta ahí, todo suena a un ‘win-win’ para la dignidad humana, ¿verdad? El problema viene cuando la letra pequeña, o más bien la letra ‘grande’ y las interpretaciones, empiezan a bailar.
Y es que, según estas nuevas directrices, un país podría estar metiendo la pata hasta el fondo en otros aspectos de la diversidad, como la discriminación brutal a minorías étnicas o religiosas, y aun así, si mostraba una actitud ‘progre’ con los derechos del colectivo LGTB, podría seguir en la lista de los ‘elegibles’ para recibir ayuda. Como si el ‘cumplir’ con una casilla pudiera compensar el ‘suspender’ en otras. Un exfuncionario de la administración Bush, Robert Kabel, lo ponía blanco sobre negro, señalando lo ‘extraño’ y ‘estrechamente enfocado’ de estas prioridades. Básicamente, se podría estar priorizando una cuestión sobre otras en un contexto más amplio de derechos humanos.
Claro, desde el Departamento de Estado se defendían con uñas y dientes. Michael Guest, el enviado especial para los derechos LGTB en aquel entonces, argumentaba que los derechos de este colectivo son derechos humanos universales y que, de hecho, un buen indicador del estado general de los derechos humanos en un país. La idea era fomentar la inclusión democrática y reducir las desigualdades, ¿pero a qué precio o con qué omisiones?
La cosa no iba de exigir leyes específicas sobre el matrimonio igualitario o la adopción, sino de la inclusión del colectivo LGTB en los procesos democráticos y asegurar que no sufrieran discriminación. Que, insisto, suena genial. Lo que chirría un poco es esa posible ‘carta blanca’ a otros desaguisados. En resumen, el mensaje que se enviaba al mundo era un pelín confuso: ‘Sé un buen chico con la comunidad LGTB, y quizás te perdonemos si eres un poco… problemático con otros’. Un giro de guion que deja a uno pensando en las prioridades y las complejidades de la diplomacia internacional. ¡Para darle una vuelta con una caña en la mano!
