En ocasiones, las guerras vecinales escalan a niveles que rozan lo surrealista. Dejemos a un lado los pequeños ruidos molestos o los enfrentamientos por la basura; en el condado de Schuylkill, Pensilvania, la cosa se puso, literalmente, escatológica. La protagonista de este esperpento es Cathleen Marie Strouse, una mujer de 38 años, cuyo método de ‘venganza’ contra su vecino ha pasado a los anales de la excentricidad criminal.
Según la policía de Frackville, Strouse no tuvo mejor idea que utilizar el porche del vecino como su retrete particular, ni una, ni dos, sino varias veces. Aquí no hablamos de un despiste puntual o una emergencia biológica incontrolable, sino de un patrón de comportamiento deliberado y bastante desagradable. La acusación formal señala que la señora Strouse se dedicó a ‘liberar’ sus deposiciones en la propiedad ajena de forma reiterada.
Pero si el acto de defecar en el porche ya era lo suficientemente atrevido, el modo en que Strouse supuestamente finalizaba su peculiar rito es lo que ha causado revuelo. La policía afirma que la acusada utilizaba el felpudo de bienvenida de su víctima, ese objeto tan cuqui que dice ‘Welcome’ o tiene dibujados unos perritos, como si fuera papel higiénico de usar y tirar. Sí, como lo leen: el felpudo se convertía en la herramienta de limpieza post-defecatoria, quedando inutilizado y, por razones obvias, en un estado difícilmente recuperable.
Ante la evidencia y las pruebas del delito, que suponemos fueron bastante olorosas e incontestables, la policía le ha imputado varios cargos. Entre ellos, se incluyen travesuras criminales (destrozar propiedad ajena), allanamiento de morada y conducta desordenada. Parece que, para la justicia, este tipo de ‘arte performativo’ no está exento de consecuencias legales. La mujer tendrá que presentarse ante un magistrado para responder por este ‘incidente’ que ha elevado el conflicto de vecindario a la categoría de ofensa pública y digestiva.

