
Agárrense, amantes de las fuentes, porque el mundo de la tipografía acaba de subir un nivel de drama inesperado. Resulta que, en el vasto universo de las preocupaciones académicas, ha surgido una nueva estrella que brilla por su polémica: la fuente Calibri. Sí, esa que has usado mil veces en tus trabajos sin darle mayor importancia, la que ha sido el predeterminado de Microsoft desde 2007, ahora está en el ojo del huracán por ser, ni más ni menos, que… ¡¿poco inclusiva y aburrida?!
Prepárense para escuchar a académicos argumentar que Calibri es el colmo de la monotonía. “Una fuente sin carácter”, “sin personalidad”, un mero “recipiente” que no transmite nada, según el profesor de la Universidad de Yale, Paul van der Mark. Se ve que para algunos, las tipografías no son solo para leer, sino para proyectar una imagen, un sentimiento, ¡una ideología! Y Calibri, pobre, no pasa el corte.
La cosa no queda ahí. La crítica se eleva a la estratosfera con argumentos sobre la falta de “diversidad” en su diseño. ¿Te imaginas a un grupo de expertos debatiendo si las curvas de la ‘g’ de Calibri son lo suficientemente representativas? Pues parece que sí. Algunos profes incluso la tachan de “no amigable” y “no inclusiva”. Uno casi espera que la próxima vez que abramos Word, Calibri nos pida perdón por su existencia.
Este curioso debate se ha encuadrado dentro de las iniciativas de Diversidad, Equidad e Inclusión (DEI), lo que añade un toque surrealista al asunto. ¿Acaso Calibri necesita un curso de sensibilización? ¿Quizás debería empezar a usar pronombres? Lo que está claro es que la simple elección de una fuente para un documento puede convertirse en un campo de batalla filosófico.
Mientras Calibri se enfrenta a su propia crisis existencial, otros académicos defienden la nobleza de fuentes como Times New Roman, Arial o Georgia, que sí poseen la supuesta “personalidad” y “autenticidad” que tanto se echa de menos en nuestra protagonista. Así que ya lo sabes, la próxima vez que elijas tu fuente, piénsalo dos veces. Podrías estar enviando un mensaje sin darte cuenta, o peor aún, ser acusado de fomentar la monotonía tipográfica. ¡Qué tiempos estos en los que hasta las fuentes tienen que ser activistas!
