
A ver, paren las máquinas de hacer nubes felices. Bob Ross, el hombre cuya voz era el equivalente auditivo a un abrazo de franela, no era solo alegría y ‘montañitas’ sonriendo. Resulta que nuestro querido pintor de la felicidad tuvo un pequeño encontronazo con la ley en su juventud, concretamente a principios de los setenta en Orlando, Florida. Y no fue precisamente para pedirle un autógrafo.
La historia, que suena a guion descartado de una comedia negra, involucra a Ross y a un tal J. E. Poore, que por aquel entonces era un aguerrido sheriff adjunto. Según parece, en un incidente que nadie parece recordar con pelos y señales –quizás Bob ya estaba en modo meditación profunda–, el joven Ross fue detenido y, atención, rociado con gas pimienta por el señor Poore. Sí, la personificación de la paz recibió un buen chorro de irritante químico en los ojos. Un ‘accidente feliz’ con efectos secundarios muy molestos.
Lo hilarante de la situación es que, a diferencia de cualquier rencilla normal, esta historia dio un giro de 180 grados, demostrando el espíritu irreductiblemente amable de Ross. Poore, que debía tener cargo de conciencia o simplemente sucumbió al carisma del artista, se convirtió con el tiempo en un fan incondicional de Bob Ross y su programa. La relación se suavizó tanto que, durante los años ochenta y noventa, Bob le regaló personalmente a Poore no una, sino cinco de sus icónicas pinturas con paisajes y cielos serenos.
Ahora, el círculo de esta peculiar anécdota se cierra de la manera más extraña y conmovedora. Tras el fallecimiento de Poore en 2013, su hija Melissa heredó las cinco obras. Y, como la vida a veces es un lienzo en blanco que necesita ayuda, Melissa ha decidido subastar estos regalos personales. El objetivo es recaudar fondos para cubrir los gastos médicos que ha generado la enfermedad de su difunto padre.
Así que, si te quedas con la moraleja, parece que ni el gas pimienta es suficiente para detener la generosidad de Bob Ross. Un hombre que pasó de ser la víctima de un sheriff a donarle arte para que, décadas después, esas mismas obras ayuden a su familia. Es la definición perfecta de un ‘pequeño árbol feliz’ que termina dando sus frutos, aunque el inicio fuera un ‘incidente’ que picaba en la nariz.
