
Imagínate la escena: eres Kshamenk, la única orca macho en cautividad de toda Sudamérica. Vives en el zoo Mundo Marino, en Argentina, y desde que tu compañera Belén falleció en el año 2000, la vida social no es lo que era. Estás solo, eres un cetáceo de 25 años con tus necesidades y, según los activistas, una frustración del tamaño de un cachalote. ¿La solución del zoo? Pues aquí es donde la trama se pone, digamos, ‘resbaladiza’.
El personal del zoológico ha recurrido a una terapia de relajación bastante… práctica: la estimulación manual. Sí, has leído bien. Los cuidadores le proporcionan a Kshamenk un alivio manual para, según la versión oficial, dos motivos principales. El primero, muy científico, es recolectar su esperma para futuros programas de inseminación artificial. El segundo, más de andar por casa, es para ‘calmarlo’ y manejar su ‘carácter dominante natural’. Vamos, que el animal está un poco tenso y han encontrado una forma muy directa de bajarle las revoluciones.
Como era de esperar, la polémica está servida. Por un lado, Gabriel Cabrera, el director científico del zoo, defiende la práctica como una herramienta de manejo conductual y una necesidad zoológica. Sostiene que es una forma de gestionar el comportamiento de un macho alfa que no tiene con quién desahogarse.
Pero en la otra esquina del ring están los grupos de derechos de los animales, como el Free Kshamenk Project. Para ellos, esto no es más que un ‘abuso sexual’ y un parche lamentable para un problema mucho más profundo: la soledad y el sufrimiento de un animal inteligente encerrado en un tanque. Argumentan que esta ‘terapia’ es un triste sustituto de una vida natural, con una familia y un océano por delante.
La historia de Kshamenk es un culebrón en sí misma. Hubo un plan para trasladarlo a SeaWorld en Estados Unidos, pero el gobierno argentino lo bloqueó. Incluso su llegada al zoo es motivo de disputa: el parque afirma que lo rescataron varado en 1992, mientras que los activistas sospechan que fue una captura ilegal. Lo único claro es que la vida de Kshamenk es de todo menos aburrida, especialmente cuando llega la hora de su peculiar sesión de ‘relajación’.
