
¡Atención, amantes de lo paranormal y de las gangas! La historia de Laura Jezard, una londinense con ojo para lo vintage, nos demuestra que a veces, una ganga puede salirte más cara que el oro. Hace unos seis meses, Laura se topó con un cuadro de paisajes en una tienda benéfica del Greenwich & Bexley Community Hospice, en Eltham. Por solo 25 libras, ¿quién iba a decir que detrás de unos trazos paisajísticos se escondía una historia de lo más turbia?
Al principio, todo era paz y armonía. El cuadro adornaba su pared sin más pretensiones. Pero, como en toda buena película de terror, la calma precede a la tormenta. Al cabo de un mes, Laura notó que algo sobresalía del marco trasero. Para su sorpresa (y nuestra diversión), encontró una nota arrugada y misteriosa. La caligrafía de la nota, de esas que invitan a la intriga, llevaba un poema que no era precisamente de amor, sino una maldición en toda regla, ¡además de un dibujo de un monigote!
El poema no se andaba con chiquitas, prometiendo un panorama desolador a cualquiera que osara tocar el lienzo: «Que esta maldita imagen sea una maldición para todos los que se atrevan a tocarla, una muy buena fuente me dijo que siempre pintara el mal de ojo en cada rostro de quienes desean maldecirte por toda la eternidad. Tu interés amoroso desaparecerá, tu dinero se esfumará y tu vida se convertirá en una miseria viviente». ¡Menuda joyita!
Y, como si de una película de serie B se tratara, los fenómenos no tardaron en aparecer. El pobre gato de Laura, que no tenía culpa de nada, empezó a portarse como un poseído, maullando al cuadro y arañando la pared detrás de él. Para colmo, una araña decidió que su cabeza era el sitio perfecto para aterrizar. Laura empezó a sentir un frío «escalofriante» en la zona donde estaba el cuadro, y su suerte dio un giro de 180 grados: perdió dinero y una amistad muy cercana se fue al garete.
Cuando la situación se volvió insostenible y su vida parecía ir cuesta abajo sin frenos, Laura decidió que ya estaba bien de sustos y pérdidas, y volvió a la tienda con el cuadro bajo el brazo. Al explicar su «calvario» a Andy, el gerente, este, aunque se partía de risa con la historia del gato y la maldición, entendió perfectamente la situación y aceptó la devolución. ¡Menos mal que hay gerentes con sentido del humor!
Así que el cuadro «con mal rollo» acabó en el «rincón de los castigados» del personal, lejos de cualquier cliente despistado. Y, desde que se deshizo del cuadro, Laura ha vuelto a respirar tranquila, liberada de la peculiar maldición y de los sustos. ¡Quién le iba a decir que 25 libras podían dar para tanto drama!
