La pifia del falso policía que quiso dar el alto a un detective auténtico

La pifia del falso policía que quiso dar el alto a un detective auténtico
Un joven en Florida, haciéndose pasar por policía con coche y luces, intentó detener a un vehículo. Su mala suerte: el coche era conducido por un detective de verdad. Este, sospechando, llamó al 911 y siguió al impostor hasta que los agentes reales lo arrestaron. ¡Una metedura de pata épica!
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¡Atención, ciudadanos! Preparaos para la historia de una de esas meteduras de pata épicas que solo pueden ocurrir en la vida real. Imagina la escena: Port St. Lucie, Florida, un buen día cualquiera. Nuestro protagonista, un joven de 24 años llamado Matthew Allen, decide que la vida de civil es un poco… aburrida. Él, al parecer, soñaba con la emoción de las persecuciones, las luces de emergencia y la autoridad. ¿La solución? Convertirse en un ‘poli’ de pega.

Matthew, ni corto ni perezoso, se hizo con un Ford Crown Victoria, el coche por excelencia de la policía americana, y le instaló unas luces de emergencia rojas y azules, de esas que gritan «¡apartaos, que viene la ley!». Con su flamante «coche patrulla» listo, se lanzó a las calles con una misión: hacer cumplir su propia versión de la ley. La cosa es que, para ser un aspirante a agente, Matthew no brillaba precisamente por su discreción o, ya puestos, por su astucia.

El colmo de la «profesionalidad» llegó cuando nuestro impostor avistó un coche. Luces encendidas, sirenas (o lo que él pensara que sonaba a sirena, figuradamente), y a por él. Intentó darle el alto a la víctima de su recién estrenada autoridad. ¿El problema? Que el coche al que intentaba parar no era un ciudadano despistado cualquiera, ¡sino un detective de verdad del Departamento de Policía de Port St. Lucie que, para más inri, iba fuera de servicio!

El detective, que no tenía un pelo de tonto, se percató enseguida de que algo olía a chamusquina. Esas luces no parecían del todo… auténticas. Y, claro, uno que se dedica a cazar delincuentes, pues las cosas raras las detecta a la legua. En vez de caer en el engaño, el astuto detective hizo lo que cualquier buen agente haría: llamó al 911 para informar de un coche sospechoso que se hacía pasar por policía. Y, mientras hablaba con la operadora, se puso a seguir a Matthew.

Lo que siguió no fue una persecución de película con coches volando y explosiones. Fue más bien un discreto ‘te sigo la pista, majo, hasta que lleguen los refuerzos’. Matthew, mientras tanto, con su Crown Victoria tuneado, pasó incluso por delante de una subestación de policía, lo que ya es tener jeta o, directamente, un despiste de proporciones épicas. Al ver que el coche al que había intentado parar le seguía, nuestro falso policía aceleró, intentando huir.

Pero la justicia, o al menos los verdaderos agentes, son pacientes. Tras unos diez minutos de «sigue al líder» por las calles de Port St. Lucie, los uniformados llegaron y, finalmente, le dieron el alto al verdadero impostor. La «carrera» de Matthew como agente de la ley terminó de forma abrupta, y en lugar de arrestar a alguien, fue él quien acabó con las esposas puestas.

Los cargos no se hicieron esperar: hacerse pasar por un agente de la ley, conducir con el permiso suspendido (¡ahí es nada!), y para rematar la faena, posesión de marihuana. Un currículum bastante variopinto para un día de «trabajo» como falso policía. Sin duda, esta es una historia que pasará a los anales de las pifias más memorables, demostrando que, a veces, la realidad supera a la ficción, y que la ley no tiene ningún sentido del humor cuando se trata de suplantaciones. ¡Menudo papelón!