¡Atención, amantes de la historia y los giros inesperados! Si pensabais que la Peste Negra, esa joya de la Edad Media que se cargó a media Europa, era culpa exclusiva de las ratas y sus pulgas… ¡tenéis que sentaros! Porque un estudio bastante revelador viene a decirnos que, quizás, hemos estado culpando al roedor equivocado durante siglos.
La cosa es que siempre nos han vendido la imagen de las ratas campando a sus anchas por las ciudades medievales, cargando con pulgas infectadas de la bacteria Yersinia pestis y propagando la plaga como si no hubiera un mañana. Un clásico, vamos. Pero un equipo de investigadores de la Universidad de Oslo ha decidido echarle un ojo más de cerca a este cuento y los resultados son… ¡sorprendentes!
Según su estudio, publicado hace ya unos años pero que sigue siendo un bombazo, los principales sospechosos de la rápida y letal expansión de la Peste Negra en Europa no fueron los simpáticos (o no tan simpáticos) roedores, sino más bien unas criaturas que nos son mucho más cercanas: las pulgas y los piojos humanos. Sí, esos bichitos que causan picazón y que eran de lo más habitual en la higiene de la época. ¡Menudo papelón!
¿Y cómo llegaron a esta conclusión tan rompedora? Pues los científicos se curraron unos modelos de transmisión de enfermedades, aplicándolos a nueve brotes de peste en distintas ciudades europeas. Compararon cómo se habría extendido la enfermedad con el ‘modelo rata’ frente al ‘modelo ectoparásito humano’. Y el resultado fue aplastante: el modelo que incluía pulgas y piojos que vivían en nosotros, los humanos, se ajustaba muchísimo mejor a la velocidad y los patrones de propagación que se observaron históricamente.
Esto explicaría por qué la plaga avanzó tan rápido incluso en zonas donde las ratas no abundaban precisamente, como en Escandinavia. O por qué a veces aparecía la enfermedad donde apenas había ratas, y otras veces había ratas para aburrir sin que la plaga se manifestara. La doctora Katharine Dean, una de las autoras, lo dejó claro: el culpable principal de la propagación en los grandes brotes europeos fue el contagio de persona a persona a través de estos parásitos.
Así que, la próxima vez que veáis una rata, quizás deberíamos pedirle disculpas. O al menos, darle las gracias por no ser la única causante de una de las mayores mortandades de la historia. Al final, parece que los humanos y nuestros pequeños acompañantes de entonces, tuvimos más responsabilidad de la que pensábamos. ¡Un brindis por la ciencia que nos reescribe la historia de la forma más curiosa!




