
¿Os imagináis una bronca diplomática de alto nivel por algo tan… ¿visual? Pues creedlo o no, esto es lo que ha ocurrido recientemente en el mismísimo seno de las Naciones Unidas. Los talibanes, esos que ahora están al mando en Afganistán, se han plantado (o más bien, han protestado por carta) porque el cartelito que identificaba a su país en la Asamblea General de la ONU no llevaba el nombre que a ellos les gusta: ‘Emirato Islámico de Afganistán’. ¡Solo ponía ‘Afganistán’, así, a secas y sin florituras! ¡Qué desaire! ¿Verdad?
La cosa tiene su miga. Desde que los talibanes tomaron el poder, han estado en una cruzada por ser reconocidos a nivel mundial, y claro, que su nombre oficial no aparezca en un evento tan importante como la Asamblea de la ONU, pues les ha sentado como un patada en el ojo. El ministro de Asuntos Exteriores en funciones, Amir Khan Muttaqi, ni corto ni perezoso, envió una carta a la ONU pidiendo no solo que se usara el ‘Emirato Islámico de Afganistán’, sino también que se aceptara a su embajador ‘elegido’, Suhail Shaheen, en lugar del que había nombrado el gobierno anterior, Ghulam Isaczai.
Aquí es donde la trama se complica y se vuelve un poco más cómica. Resulta que el Comité de Credenciales de la ONU, compuesto por nueve países (entre ellos pesos pesados como EE. UU., Rusia o China), es el encargado de decidir quién representa realmente a Afganistán. Y claro, como estos señores aún no se han reunido ni han tomado una decisión, el embajador ‘original’, Isaczai, sigue siendo el reconocido oficialmente. Y el ‘nuevo’ embajador talibán, Shaheen, pues ni estaba ni se le esperaba para tomar la palabra en la Asamblea.
Así que, mientras los talibanes protestaban por el nombre en la placa, su representante elegido ni siquiera podía sentarse en la silla. De hecho, cuando le tocó a Afganistán hablar, el asiento estaba más vacío que la nevera de un estudiante a final de mes. Una metáfora bastante elocuente de su situación actual: muchas ganas de reconocimiento, pero sin la silla ni la placa con el nombre que quieren.
Esta situación no es nueva; ya el año anterior intentaron una jugada similar para dirigirse a la ONU, y se quedaron con la miel en los labios. Al final, este pequeño gran drama del cartelito y la ausencia del embajador es un reflejo de la ardua batalla que tienen los talibanes para que el mundo los tome en serio. Porque, seamos sinceros, que tu principal motivo de protesta en la ONU sea una placa con el nombre, cuando hay tantas otras cosas en juego, da un poco que pensar. ¡Menuda diplomacia de la que no es la cebolla!
