
Agárrense, porque la naturaleza ha vuelto a decidir que lo aburrido no va con ella, y nos trae una historia que suena más a chiste de barra de bar que a descubrimiento científico. Imaginad la escena: un grupo de investigadores, haciendo sus cosas de científicos, se encuentran con un pez abisal… y no uno cualquiera. Estamos hablando de una señora *Centrophryne spinulosa*, conocida cariñosamente como ‘rape abisal peludo’, aunque en este caso, lo de peludo da igual porque lo que le han encontrado es ¡una dentadura de recambio! Y no, no es que se le hubiera caído la de delante, no. Es que los dientes estaban, ni más ni menos, ¡en sus ovarios!
Este hallazgo, que suena a película de serie B, ha ocurrido en las profundidades del Golfo de México. La noticia, que ya es viral entre los biólogos marinos (y seguramente en algún grupo de WhatsApp de pescadores), es que esta hembra de pez abisal tenía unas estructuras hechas de dentina, esmalte y pulpa –vamos, como nuestros propios piños–, adheridas a un huesecillo, pero en un lugar de lo más insospechado: sus gónadas. Sí, como lo lees. Dientes en los ovarios. ¿Quién dijo que el reino animal no tenía sentido del humor?
Al principio, la cara de los científicos debió ser un poema. Pensaron en todo tipo de rarezas, desde un gemelo parásito (¡qué grima!) hasta un teratoma, que es como un tumor que puede desarrollar todo tipo de tejidos. Pero no, tras un estudio publicado en la revista *Copeia*, descartaron esas teorías. Lo que tienen entre manos son lo que llaman ‘dientes ectópicos’, es decir, dientes que crecen donde no deben. Es como si a ti te saliera una muela del juicio en el codo, pero en versión pez abisal y con un toque mucho más dramático.
Aunque se han registrado casos de dientes ectópicos en otros peces, como lucios o tiburones, normalmente aparecen en la cavidad oral o cerca. Pero en las gónadas de un rape abisal, que ya es un bicho peculiar de por sí con su linterna y su cara de pocos amigos, es algo completamente inédito. La doctora Pamela Hart y su equipo, los ‘culpables’ de este descubrimiento, están tan sorprendidos como nosotros y, de momento, no tienen ni idea de por qué demonios estos dientes decidieron irse de excursión al aparato reproductor del pez. Podría ser una anomalía genética, un error de desarrollo… el caso es que, para masticar, no valen, ni tampoco para ligar, suponemos.
Así que, la próxima vez que penséis que ya lo habéis visto todo en el mundo animal, recordad a nuestra amiga la *Centrophryne spinulosa* con su ‘dentadura ovárica’. Una cosa está clara: el fondo marino es una caja de sorpresas, y algunas de ellas, además de oscuras, ¡tienen dientes!
