Agárrense, que la logística militar a veces tiene agujeros más grandes que el Polo Norte. Hace unos años, el ejército alemán se enfrentó a una crisis diplomática y culinaria de primer orden en las frías tierras de Groenlandia. Unos cuantos soldados estaban a cargo de una importante misión cartográfica y de investigación en la remota Base Nord, y su estancia requería una extensión crucial. Todo iba sobre ruedas hasta que tocó reabastecer a la tropa.
El barco de suministro, el rompehielos ‘Oden’, llegó al Ártico con las bodegas cargadas de provisiones, pero catastróficamente vacías de lo que, para un soldado alemán, es casi tan importante como la munición: el Schnitzel (ese maravilloso escalope empanado) y las famosas salchichas Bockwurst. Esto no es solo comida; es una cuestión de moral y, seamos sinceros, de identidad nacional.
Según se hizo eco la prensa alemana de la época, los muchachos de la Base Nord se tomaron esto como una afrenta personal. Al parecer, ante la escasez de su manjar favorito y la alternativa cárnica que les ofrecieron (que no debió ser demasiado apetecible), los soldados se plantaron y emitieron un ultimátum: o llegaban sus raciones de carne congelada prometidas o se negaban rotundamente a extender la misión. Imaginen la escena: científicos y militares en el Ártico, con el futuro de una misión crucial pendiendo de un trozo de ternera empanada.
Aunque el Ministerio de Defensa alemán intentó restar hierro al asunto, negando que la misión se hubiera detenido completamente, sí que tuvo que admitir que había habido serios “problemas logísticos” con el reabastecimiento. La presión cárnica fue tan alta que la misión, o al menos su extensión, tuvo que esperar hasta que se pudo garantizar una provisión adecuada de los manjares germanos. Una vez más, se demuestra que en la guerra, y especialmente en la paz, la moral de la tropa se mantiene a base de buena fritanga. ¡Que nadie toque el Schnitzel de la Bundeswehr!




