La manicura, el arma secreta de la rebelión femenina en Corea del Norte

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Imaginen un país donde hasta el corte de pelo y la longitud de la falda están bajo la atenta mirada del Estado. No, no estamos hablando de una distopía de ciencia ficción, sino de la Corea del Norte de hoy. Y en medio de tanta uniformidad, un nuevo y peculiar «frente de batalla» ha emergido: ¡las uñas! Sí, han leído bien. Parece que las mujeres norcoreanas han encontrado en la manicura una forma sorprendentemente discreta (y, a la vez, audaz) de decir «aquí estoy yo» en un régimen que lo prohíbe casi todo.

Según fuentes de la provincia de Ryanggang, que hace frontera con China (un lugar estratégico para que las tendencias se cuelen, no nos engañemos), la moda de las uñas arregladas está en auge. Pero no hablamos de uñas de gel con brilli-brilli o diseños extravagantes, que eso ya sería un escándalo mayúsculo. La clave es la sutileza. Piensen en esmaltes transparentes, tonos pastel que casi se confunden con la piel, el clásico y elegante «nude» o, para las más atrevidas, una manicura francesa de lo más comedida. Porque, claro, en Corea del Norte, mostrar un poco de personalidad a través de un simple color de uñas se considera un «comportamiento no socialista» o, peor aún, una «tendencia capitalista». ¡Casi nada!

Históricamente, el cuidado de las uñas en el país se asociaba más con el trabajo manual que con la coquetería. Pero los tiempos cambian, y con ellos, las ganas de la gente joven de expresarse. Esta «rebelión silenciosa», que lleva unos años gestándose, consiste en lucir esas uñas impecables solo en círculos privados o entre amistades muy íntimas, para evitar miradas indiscretas. Es su pequeño secreto de belleza y libertad, un contraste total con las estrictas normativas que regulan desde los «cabellos sucios» hasta las «faldas cortas» o los «pantalones ajustados». ¡Ay, esos pantalones ajustados, qué peligrosos!

Mientras que las generaciones mayores pueden ver esto como una frivolidad o una muestra de decadencia occidental, las más jóvenes lo perciben como algo normal, parte de la «belleza y la cultura». El esmalte, por supuesto, suele llegar de contrabando desde China y un bote puede costar unos 10.000 wones norcoreanos (aproximadamente 1,20 dólares estadounidenses), una inversión considerable para un acto tan… ¿subversivo? Lo más curioso es que, al ser tan sutil, a menudo los funcionarios hacen la vista gorda, porque ¿cómo demuestras que un esmalte transparente es «decadencia capitalista» sin parecer un poco ridículo? Una victoria para el ingenio femenino, sin duda. Así que la próxima vez que te hagas la manicura, piensa en las mujeres de Corea del Norte y su valiente, aunque discreta, revolución a punta de esmalte.