
¡Agárrense los estómagos, amantes de las anécdotas universitarias! Porque la historia que os traemos desde los confines de la Universidad de Purdue es de esas que te hacen levantar una ceja y soltar una carcajada, todo al mismo tiempo. Durante años, los pasillos de esta prestigiosa institución estadounidense fueron el escenario de un misterio pegajoso y deliciosamente enigmático: el del ‘Hombre de la Mantequilla de Cacahuete’.
Imaginad la escena: te despiertas, sales de tu habitación en la residencia y, ¡zas!, un tarro de mantequilla de cacahuete colgado de tu pomo. ¿Un bromista? ¿Un admirador secreto con un fetiche por el cremoso manjar? La leyenda crecía como la espuma de un buen batido, y el «Hombre de la Mantequilla de Cacahuete» se convirtió en una figura casi mitológica del campus. Unos lo veían como un gesto de amistad, otros, un poco más paranoicos, como una señal inquietante de que alguien sabía demasiado sobre sus hábitos alimenticios nocturnos.
Pero, como en toda buena trama de suspense, el misterio tenía que resolverse. Y la verdad, amigos, es aún mejor de lo que imagináis. Resulta que el ‘Hombre de la Mantequilla de Cacahuete’ no era tal hombre… ¡sino una mujer! Preparad los pañuelos (quizás para limpiar restos de mantequilla): la mente maestra detrás de esta operación de ‘esparcir alegría’ era Elizabeth Long, una estudiante de ingeniería química. ¡Menuda sorpresa para los que se imaginaban a un tipo musculoso con barba y un amor desmedido por el cacahuete!
Elizabeth confesó que empezó con esta simpática gamberrada en otoño de 2011. Su principal motivación era, simplemente, ‘repartir un poco de felicidad’. Un gesto tierno y a la vez algo surrealista, ¿verdad? Además, era una broma interna con sus amigos más adictos a la mantequilla de cacahuete. Y ojo, que la chica no se andaba con chiquitas: se estima que dejó más de 100 tarros en las puertas de sus conocidos y amigos, siempre de forma anónima para mantener viva la mística. Su compañera de piso, Rachel Miller, era su cómplice en estas incursiones nocturnas por los pasillos de la residencia.
Y aquí viene la parte aún más curiosa de la historia: Elizabeth no fue la pionera. Resulta que ella ‘heredó’ el manto, o mejor dicho, el tarro, de un estudiante anterior llamado Dave, el verdadero y original ‘Hombre de la Mantequilla de Cacahuete’ del curso 2010-2011. Cuando Dave se graduó, le pasó el testigo (o la cuchara, quién sabe) a Elizabeth, asegurando que la dulce tradición no se perdiera. Ella sufragaba los costes de los tarros con su propio dinero, aunque a veces recibía alguna donación de entusiastas anónimos.
Así que ahí lo tenéis: la historia de cómo un simple tarro de mantequilla de cacahuete puede convertirse en una leyenda universitaria y cómo un pequeño gesto de bondad (y un poco de humor absurdo) puede endulzar la vida de muchos. ¡Bravo, Elizabeth! O deberíamos decir, ¡Bravo, ‘Mujer de la Mantequilla de Cacahuete’! Definitivamente, una historia para untar en el pan de cada día.
