
Si te dijeran que para volver a ver necesitas que te pongan un diente en el ojo, ¿qué pensarías? Seguramente que es el argumento de una película de ciencia ficción de saldo o una broma de muy mal gusto. Pues agárrate, porque esta es la historia real de Ian Tibbetts, un canadiense de 42 años que ha vuelto a ver el mundo gracias, literalmente, a uno de sus propios colmillos.
Ian se quedó ciego hace más de una década por culpa del síndrome de Stevens-Johnson, una enfermedad muy rara que le destrozó las córneas. Tras años de oscuridad y sin esperanzas, la ciencia le ofreció una solución que parece sacada de la mente de un guionista con mucha imaginación: la osteo-odonto-queratoprótesis modificada. El nombre ya asusta, pero llamémosla MOOKP, que suena más a un grupo de pop coreano y es más fácil de recordar.
El procedimiento, realizado por primera vez en un canadiense por un equipo del Bascom Palmer Eye Institute en Miami, es una auténtica virguería médica. Primero, le extrajeron a Ian un diente canino. No, no era para el Ratoncito Pérez. El equipo médico talló el diente, le hizo un agujero en el centro y le acopló una lente artificial. Pero la cosa no acaba ahí. Este nuevo ‘ojo biónico dental’ se implantó durante tres meses en la mejilla del propio Ian para que desarrollara su propio suministro de sangre y tejido, evitando así que el cuerpo lo rechazara.
Pasado ese tiempo, llegó el momento de la verdad. Los cirujanos extrajeron el conjunto de la mejilla y lo cosieron cuidadosamente en el centro de su globo ocular. El resultado fue casi un milagro. Ian Tibbetts, el hombre que no podía ver nada, recuperó una visión de 20/70. Puede que no sea una vista de lince, pero es más que suficiente para reconocer los rostros de sus hijos por primera vez en su vida, ver la televisión o, simplemente, caminar sin ayuda.
Así que la próxima vez que te quejes de una visita al dentista, piensa en Ian. Tus dientes no solo sirven para masticar o para lucir una buena sonrisa; en un caso extremo, uno de ellos podría convertirse en tu ventana al mundo. La realidad, una vez más, demuestra tener más imaginación que cualquiera de nosotros.
