¡Atención, amantes de las historias rocambolescas y los peludos con iniciativa! Hoy os traemos el cuento de Ludivine, una bloodhound de esas que, sin pedir permiso ni tener el más mínimo interés en el deporte de élite, decidió que lo suyo era el atletismo de fondo. Y ojo, que no es broma: esta perra se marcó una media maratón de 21 kilómetros… ¡por la jeta!
Todo empezó en Elkmont, Alabama, un día de enero de 2016. Mientras la gente se preparaba para sudar la gota gorda en la Elkmont Trackless Train Half-Marathon, Ludivine andaba a lo suyo, haciendo la perra, que para eso es perra. Su dueña, April Hamlin, la había soltado para que hiciera sus necesidades, pensando que la vaga de su mascota volvería a la siesta habitual. Pero Ludivine tenía otros planes.
Con la salida del maratón cerquita, la bloodhound vio el percal, y ni corta ni perezosa, decidió unirse a la fiesta. ¡Menuda jeta! Sin dorsal, sin zapatillas de running ni siquiera un gorrito molón, Ludivine se mezcló con los atletas, moviendo su cola como si fuera una participante más. Y lo mejor de todo es que, lejos de ser un estorbo, se convirtió en la animadora oficial y en la competidora más adorable de la carrera.
A lo largo de los 21 kilómetros, Ludivine demostró una estrategia única: parar a olisquear cualquier rastro interesante (incluido un pobre opossum que ya no corría), saludar a los voluntarios para ver si caía alguna chuche extra y, por supuesto, hacer sus necesidades con total naturalidad en plena ruta. ¡Un lujo al alcance de pocos atletas! Los corredores, que no daban crédito, la vieron pasar varias veces, con su trote constante y esa expresión de «aquí no ha pasado nada, yo solo pasaba por aquí».
Y aquí viene lo más increíble: la «atleta espontánea» Ludivine no solo completó la media maratón, sino que cruzó la meta en un ¡séptimo puesto! Sí, habéis leído bien. Séptima. ¡Entre humanos entrenados hasta la extenuación! Su dueña, April, se quedó patidifusa cuando se enteró de la proeza de su, hasta entonces, perezosa mascota. «No tengo ni idea de cómo lo hizo», confesó, «normalmente está tumbada en el sofá».
Al final de la carrera, como no podía ser de otra manera, Ludivine recibió su merecidísima medalla. Una reluciente pieza de metal que ahora adorna el cuello de una perra que demostró que, a veces, las mejores aventuras son las que no se planean. Tras su gesta, la campeona canina se subió al coche de vuelta a casa y se echó una siesta épica. Y es que, correr una media maratón de improviso cansa, ¡hasta a los perros con más morro del planeta! La historia de Ludivine nos enseña que, a veces, solo hay que dejarse llevar y ver adónde te lleva la curiosidad… ¡quizá acabes en el podio!




