
Imagínate la escena: una tranquila noche en Lino Lakes, un suburbio de St. Paul, Minnesota. Un coche es detenido por exceso de velocidad. Hasta aquí, todo normal. Pero en el asiento del copiloto viaja Amanda Jo Ulrich, de 31 años, y la noche está a punto de volverse memorable por las razones más inesperadas.
Según el informe policial, del coche emanaba un «fuerte olor a intoxicantes», y la actitud de Amanda no tardó en confirmar las sospechas. Cuando el agente se dirigió a ella, la mujer se puso beligerante. Se negó a identificarse, intentó marcharse del lugar y, como si estuviera siguiendo un guion de película, soltó el clásico «os odio, malditos polis».
Pero el momento estelar, la frase que ha convertido esta anécdota en noticia, todavía estaba por llegar. En su escalada de improperios, Amanda Jo Ulrich se dirigió al agente, que casualmente era blanco, y le espetó un sonoro: «cracker-ass cracker». Para quien no esté familiarizado con la jerga, «cracker» es un término despectivo usado en Estados Unidos para referirse a personas blancas, especialmente en contextos rurales y sureños.
La ocurrencia no le salió gratis. Amanda fue arrestada y acusada formalmente de dos cargos: alteración del orden público y obstrucción del proceso legal. La clave del asunto está en la justificación de la acusación por alteración del orden. Según la denuncia, sus palabras se consideraron «palabras de pelea» o «lenguaje ofensivo, obsceno o abusivo» con el potencial de provocar «alarma, ira o resentimiento en otros».
Así que, en un giro de los acontecimientos que parece sacado de un programa de comedia, una mujer de Minnesota acabó enfrentándose a la justicia, no por el exceso de velocidad del coche en el que viajaba, sino por emplear un insulto racial contra un policía blanco. Una lección sobre cómo un control de tráfico rutinario puede acabar convirtiéndose en un enredo judicial de lo más peculiar.
