La guerra de los barberos: Un bar de Omaha se enfrenta a cargos penales por usar un poste a rayas

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De homenajear a papá a enfrentarse a la ley

Imagínate abrir un pequeño negocio familiar para honrar la memoria de tu difunto padre. Ese fue exactamente el plan de Mike DiGiacomo y sus hermanos, quienes decidieron montar un speakeasy (un bar clandestino con encanto) en el mismo local donde su padre, conocido cariñosamente como «Don el Barbero», cortó el pelo durante más de 30 años en Omaha, Nebraska.

El establecimiento, bautizado originalmente como Barber Shop Blackstone, era una auténtica oda a las viejas peluquerías masculinas. Entre sus curiosidades decorativas y su carta destacaban:

  • Cócteles artesanales con nombres temáticos tan evocadores como Straight Razor (Navaja de afeitar) o Hot Towel Margarita.
  • Una genuina silla de barbero roja de la década de los 50 presidiendo el local.
  • Un clásico poste de barbero a rayas en la entrada, escondida estratégicamente en un callejón sin más letreros.

Clásico poste de barbero a rayas

Todo iba viento en popa y a la clientela le fascinaba el concepto. Pero claro, nadie contaba con la aparición estelar de la Junta de Examinadores de Barberos de Nebraska, que al parecer se toma el monopolio legal de las rayas rojas y azules muy, pero que muy en serio.

La amenaza de la «policía de la peluquería»

Apenas un mes después de la gran inauguración, DiGiacomo recibió una carta certificada que le dejó helado. Resulta que para el estado de Nebraska, llamar a tu bar «barbería» y poner un poste a rayas si no eres un profesional empadronado con licencia es prácticamente un sacrilegio legal.

«La barbería es una profesión antigua y orgullosa, y sus símbolos han estado reservados por mucho tiempo para su uso exclusivo en beneficio de la salud y seguridad pública», alegaron las autoridades en un documento judicial.

La Junta de Barberos acusa a la familia de usar estos emblemas de forma deliberadamente engañosa, infringiendo la ley estatal y violando las marcas registradas del gremio. Vamos, que las autoridades temían que alguien, tras tomarse un par de margaritas, acudiera a la barra exigiendo un afeitado a navaja que acabara en una urgencia médica.

Ante la incredulidad de la situación, DiGiacomo respondió por escrito aclarando que no pretendían ofrecer servicios de peluquería ni estaban engañando a nadie. Pero la burocracia no entiende de ironías ni de homenajes familiares.

Cargos penales y el nacimiento de la «Tienda Censurada»

La situación alcanzó tintes surrealistas en junio, cuando el Estado redobló la apuesta y amenazó a los dueños con consecuencias civiles y penales si no retiraban el nombre y la decoración. Ante el temor a acabar entre rejas o arruinados por culpa de un poste retro, los DiGiacomo decidieron rebautizar temporalmente su bar tirando de sarcasmo: ahora se llama Censored Shop Blackstone (La Tienda Censurada).

Lejos de achantarse, los dueños han contraatacado llevando el caso a un tribunal federal. Han demandado al estado por vulnerar su derecho a la libertad de expresión, amparado por la Primera Enmienda estadounidense. Hasta el respetado bufete de interés público Institute for Justice se ha sumado a la trifulca legal de forma gratuita para defender al bar.

«El gobierno puede regular el nombre de un negocio para proteger a los consumidores del fraude o la confusión, pero no tiene carta blanca para sacar palabras del diccionario y ponerlas bajo el control absoluto de una junta estatal», sentenció Robert McNamara, portavoz del bufete.

Mientras los tribunales deciden si el término Barber Shop es patrimonio exclusivo de las tijeras o pertenece a la cultura general, lo que ha quedado claro es que en Nebraska uno debe pensárselo dos veces antes de decorar su casa o su local comercial con cilindros giratorios de colores.