
Imagínate la escena: domingo por la mañana, los fieles congregados en las iglesias de Gdansk, Polonia, y de repente, el sermón da un giro inesperado. El enemigo público número uno no es un villano de cómic ni una catástrofe lejana, sino una guardería local. Sí, una guardería. Bienvenidos a la insólita batalla entre el centro infantil ‘Bajkowo’ y la todopoderosa Iglesia Católica polaca.
Todo comenzó con una decisión aparentemente democrática y bastante lógica. Joanna Ratajczak, la directora del centro, decidió preguntar a los padres qué querían para sus hijos. El resultado de la encuesta fue claro: no querían clases de religión. Dicho y hecho, la asignatura fue eliminada del programa. En la mayoría de países, la historia acabaría aquí. Pero esto es Polonia.
Aquí, aunque la educación religiosa es opcional, forma parte del currículo estatal y su presencia en colegios y guarderías es la norma, con los costes cubiertos por el presupuesto público. Así que la decisión de ‘Bajkowo’ no sentó nada bien en la curia local. La reacción fue, digamos, un pelín desproporcionada. En un comunicado oficial, leído solemnemente durante la misa dominical en todo el distrito, acusaron a la guardería de algo gravísimo: ‘prohibir a Dios’ y ‘privar a los niños de su derecho a conocerle’.
El portavoz de la curia, el padre Maciej Szczepaniak, echó más leña al fuego, afirmando que la directora había privado a los pequeños de ‘los valores más importantes que son la base de nuestra cultura y civilización’. Palabras mayores para una decisión sobre una actividad infantil.
Por su parte, la directora, Joanna Ratajczak, no daba crédito. ‘Estoy en shock’, declaró, explicando pacientemente que su decisión se basaba única y exclusivamente en la voluntad de los padres, que al fin y al cabo son quienes tienen la última palabra sobre la educación de sus hijos. Además, recordó lo obvio: cualquier familia que lo desee puede llevar a sus hijos a catequesis fuera del horario y las instalaciones de la guardería.
Así que, mientras los niños de ‘Bajkowo’ probablemente seguían pintando con los dedos y aprendiendo los colores, ajenos a todo, se libraba una batalla celestial en su nombre. Una historia que demuestra que, a veces, un simple formulario para padres puede desatar la ira divina… o al menos la de sus representantes en la Tierra.
