
Señoras y señores, agarren su café y prepárense para una dosis de burocracia de primer nivel. La Agencia Federal para el Manejo de Emergencias (FEMA) de Estados Unidos, que supuestamente está siempre lista para el Apocalipsis, ha protagonizado un giro de guion digno de una comedia de situación. Resulta que la agencia había decidido que tenía un exceso de personal de reserva, esos héroes temporales que contratan cuando el mundo se pone patas arriba.
El plan de la FEMA era muy claro: reducir plantilla. Habían iniciado el proceso para rescindir los contratos a cientos de estos reservistas de desastres. Al fin y al cabo, ¿quién necesita a gente especializada en gestionar inundaciones y fuegos forestales si no hay inundaciones ni fuegos forestales? ¡A recortar gastos! Un movimiento perfectamente lógico si viviéramos en un mundo donde el clima se comporta como es debido y la Tierra no está intentando constantemente acabar con nosotros.
Sin embargo, justo en el instante en que el Departamento de Recursos Humanos estaba calentando la impresora para los temidos ‘papeles rosas’ de despido, la temporada de desastres decidió pisar el acelerador. De repente, EE. UU. se encontró lidiando simultáneamente con múltiples huracanes importantes, incendios forestales incontrolables y otras emergencias a gran escala, creando una necesidad de personal de respuesta que superaba con creces la capacidad actual de la agencia.
La FEMA se encontró con un problema monumental: estaban despidiendo activamente a las mismas personas que necesitaban urgentemente para enviar a las zonas afectadas. En un movimiento de pánico y un reconocimiento tácito de una pifia burocrática épica, la agencia tuvo que emitir una orden interna frenando inmediatamente todas las terminaciones de contratos. En resumen: los desastres han dado un respiro a los trabajadores. La burocracia, una vez más, nos recuerda que planificar el futuro es difícil, especialmente cuando el futuro decide que es el momento perfecto para una visita sorpresa.
