La dieta del cucurucho en Beverly Hills

La dieta del cucurucho en Beverly Hills
El consejo escolar de Beverly Hills veta una recaudación de fondos con chocolatinas por ser poco saludable para los niños. Apenas dos horas después, los mismos miembros que votaron en contra se montaron su propia fiesta con una barra libre de postres gourmet. La hipocresía se sirve fría.
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Imagínate la escena: estamos en una reunión del consejo escolar del Distrito Unificado de Beverly Hills, un lugar donde el glamour se respira hasta en las aulas. Sobre la mesa, una propuesta de lo más inocente: una campaña de recaudación de fondos vendiendo las famosas chocolatinas de See’s Candies para conseguir algo de dinero extra para los programas del distrito. Parece un plan sin fisuras, ¿verdad?

Pues no. El consejo, en un acto de máxima responsabilidad y preocupación por la salud de los más pequeños, rechazó la propuesta de forma unánime. Los argumentos eran de peso: la creciente epidemia de obesidad infantil, la diabetes, la importancia de enviar un mensaje coherente sobre hábitos saludables… Un miembro del consejo, Lewis Hall, llegó a calificar el dinero de las chocolatinas como «dinero sangriento». ¡Casi nada! La decisión estaba tomada: los niños de Beverly Hills se quedaban sin su dulce recaudación por su propio bien.

Ahora, avancemos en el tiempo. Pero no mucho. Apenas dos horas más tarde, en la misma reunión. Tras el sermón sobre el azúcar y la vida sana, ¿qué hicieron nuestros responsables héroes de la salud pública? Pues celebrar una recepción. ¿Y qué se sirvió en dicha recepción? Lechuga no, desde luego. Una mesa espectacularmente surtida con postres gourmet de la pastelería local SusieCakes: mini cupcakes, brownies, galletas y pastelitos de limón para homenajear a antiguos miembros del consejo.

La ironía de la situación no pasó desapercibida. Una madre presente en la reunión lo resumió perfectamente como el clásico «haz lo que yo digo, no lo que yo hago». Mientras se denegaba a los estudiantes la oportunidad de recaudar entre 3.000 y 5.000 dólares con unas cuantas chocolatinas, los adultos que tomaron la decisión disfrutaban de un festín de azúcar pagado con fondos públicos. Una lección magistral de coherencia que, desde luego, no tiene precio.