A veces, la intención es lo que cuenta, pero otras veces… las consecuencias te dan un buen tortazo de realidad. Y eso es exactamente lo que le ha pasado a Katlynn D. Davis, una activista animal de 25 años que, en su afán por «liberar» a unas pobres criaturas, les causó un problemón de siete pares de narices y, de paso, se ha metido en un lío millonario.
La historia nos lleva hasta una granja de visones en Morris, Minnesota, allá por 2020. Nuestra protagonista, con el corazón lleno de buenas intenciones (o eso creemos), decidió que lo mejor para 5.000 visones enjaulados era abrirles las puertas de par en par y que saliesen a conocer el mundo. «¡Libertad!», debió pensar. Pero claro, la vida salvaje no es un cuento de Disney, y menos si eres un visón criado en cautividad.
El resultado de esta «operación rescate» fue un auténtico desastre. De los 5.000 visones liberados, entre 2.000 y 3.000 acabaron criando malvas de la forma más trágica posible. Murieron de hambre, de sed, de frío, atropellados en la carretera o, peor aún, devorados por los depredadores locales, que no hicieron ascos a semejante banquete inesperado. Y es que los visones, aunque monísimos, no son precisamente nativos de la zona ni están preparados para apañárselas solitos. Los pobres que lograron sobrevivir tuvieron que ser recapturados, o seguían causando estragos por ahí. Un plan sin fisuras, vamos.
Pero la cosa no acaba aquí. La granja de Darrell Lundeen, el propietario afectado, vio cómo su negocio se iba al garete por culpa de esta acción. ¡Menudo panorama! El perjuicio económico fue tan gordo que el juez Michael S. Mills, quien llevó el caso, no se anduvo con chiquitas. Davis se declaró culpable de un delito grave de maltrato/tortura animal (¡la ironía!), y su sentencia no ha sido precisamente un paseíllo por el parque.
Nuestra activista ha sido condenada a 90 días en la cárcel y, ojo al dato, a pagar un millón de dólares en concepto de restitución al granjero. ¡Un millón! Parece que la factura por el «activismo» le ha salido un poco cara. El granjero, Darrell Lundeen, comentó que esta acción «destruyó su negocio», y que ese millón es vital para intentar reconstruir algo de lo perdido. La defensa de Davis, por su parte, alegó que su clienta estaba arrepentida, pero lo del millón… eso sí que va a ser un quebradero de cabeza.
El juez Mills no pudo evitar señalar las «consecuencias no intencionadas» y el «sufrimiento» de los propios visones, que lejos de ser liberados, fueron condenados a una muerte cruel. Además, la jugada venía con un extra de «glamour activista»: se encontraron grafitis del «Frente de Liberación Animal» en la granja. Y por si fuera poco, Katlynn ya tenía antecedentes en otros estados como Iowa, Montana y Wisconsin por acciones similares, incluyendo la liberación de un zorro en Iowa. Parece que lo de liberar animales sin pensar en las repercusiones era su especialidad.
En fin, una historia que nos deja claro que, a veces, la ayuda más bienintencionada puede acabar siendo un auténtico desastre, y que la «liberación» de unas criaturas puede significar la sentencia de muerte para otras… y para tu cuenta bancaria.




