
La historia de Kim Davis, la funcionaria de Kentucky que en su día se convirtió en un icono (o némesis, según a quién preguntes) por negarse rotundamente a emitir licencias de matrimonio a parejas del mismo sexo, es de esas que te hacen levantar una ceja y soltar una risilla. Argumentaba que su conciencia religiosa y la “autoridad de Dios” estaban por encima de cualquier ley terrenal, lo que la llevó incluso a pasar unos días entre rejas por desacato. Hasta aquí, la cosa era seria, pero la trama se puso interesante cuando los detalles de su propia vida matrimonial salieron a la luz.
Porque sí, mientras la señora Davis defendía a capa y espada la «santidad» del matrimonio, su propio currículum amoroso parecía sacado de un culebrón. Prepárense: cuatro matrimonios y tres divorcios. ¡Casi nada! Vamos a desgranar este enrevesado árbol genealógico-sentimental que dejó a más de uno con la boca abierta y a otros, directamente, partiéndose de risa.
Kim se casó por primera vez con 18 añitos, allá por 1980, para divorciarse cuatro años después. Luego, en la década de los 80, pasó por el altar con su segundo marido. Pero aquí viene lo bueno: durante este segundo matrimonio, tuvo dos hijos gemelos cuyo padre biológico era, atención, ¡su tercer marido! Sí, su futuro tercer marido. Imagínense el lío de papeleos y explicaciones en las reuniones familiares.
Tras este pequeño (o gran) detalle, se divorció de su segundo esposo y, como era de esperar, se casó con el padre de sus gemelos, que se convirtió en su tercer marido. Pero la cosa no acabó ahí, porque este tercer enlace también llegó a su fin. Finalmente, en 2009, Kim Davis se dio el ‘sí, quiero’ por cuarta vez con su actual esposo, Joe Davis.
Este historial, que para muchos sería simplemente ‘vida privada’, cobró una relevancia pública brutal dada su postura tan firme y moralista contra el matrimonio igualitario. Los críticos no tardaron en señalar la ironía y la aparente hipocresía: ¿cómo podía defender la indisolubilidad y la santidad del matrimonio con tanta vehemencia alguien que había pasado por la vicaría y los juzgados de divorcios más veces que algunos cambian de móvil?
Claro, sus defensores salieron al quite, alegando que el pasado de la señora Davis era irrelevante y que su fe actual era lo único que importaba. Pero para el resto del mundo, la imagen de la «adalid del matrimonio» con un historial tan… digamos… ‘dinámico’ se convirtió en el chiste perfecto para ilustrar las paradojas de la vida pública. Un recordatorio de que a veces, antes de sermonear a los demás, es bueno revisar nuestro propio álbum de fotos.
