Dicen que la ley es un laberinto, pero a veces es directamente una comedia de enredos. Poned la escena: Guardia Costera de Estados Unidos y otros agentes federales, listos para un golpe maestro. Tienen en el punto de mira a un petrolero, supuestamente parte de esa misteriosa ‘flota fantasma’ que se dedica a mover crudo a pesar de las sanciones internacionales. El objetivo: incautar el oro negro, valorado en varios millones de dólares, presuntamente de origen venezolano. Hablamos de una operación seria, casi de película de espías de alta mar.
El navío en cuestión, un tanque que navegaba cerca de aguas territoriales de EEUU, parecía un objetivo fácil. Parecía que la justicia (o la aplicación de sanciones, al menos) iba a servirse un banquete de petróleo incautado. Pero cuando los agentes se disponían a ejecutar la orden judicial de confiscación, apareció el as bajo la manga, demostrando que en el mundo del contrabando de alto nivel, lo que más importa es tener un buen equipo de abogados.
Los letrados del armador del barco, con una calma digna del mismísimo Perry Mason, soltaron la bomba: «Alto ahí. Este cargamento no es mercancía cualquiera. Es propiedad soberana del Estado venezolano». Efectivamente, se agarraron a una herramienta legal conocida como inmunidad soberana.
Esta figura, que protege los bienes de gobiernos extranjeros de ser incautados por tribunales de otros países (gracias a normativas como la Ley de Inmunidades Soberanas Extranjeras en el caso de EEUU), convirtió la espectacular redada en una ridícula retirada. Imaginaos la cara de los federales: horas de planificación, quizás helicópteros y lanchas rápidas, para que te paren los pies con un trozo de papel bien escrito. La defensa alegó que, como el petróleo pertenecía a PDVSA, la compañía petrolera estatal de Venezuela, era intocable, a pesar de que la operación se estuviera llevando a cabo en el marco de una aparente violación de sanciones.
Da igual que la operación fuera opaca o que se estuvieran saltando las restricciones; si el dueño legal final es un Estado, tiene protección bajo ciertas circunstancias internacionales. ¿El resultado? El petrolero, que estaba retenido y a punto de ser vaciado por las autoridades, recibió luz verde para irse sin problemas. La «flota fantasma» se apuntó un tanto increíble en su particular partida de ajedrez contra Occidente, demostrando que a veces, el derecho internacional es más potente que cualquier lancha de asalto. Un golpe de humor involuntario y muy costoso para Washington. Al final, los contrabandistas de crudo solo tuvieron que decir ‘es del Estado’ para salir pitando y continuar su viaje.




