
Imaginen la escena: en Japón, uno de los países más tranquilos y ordenados del mundo, hay una plaga. Pero no de mosquitos o ratones, no. ¡De osos! Sí, hablamos del imponente oso negro asiático (*tsukinowaguma*), que ha decidido que los alrededores de las ciudades son el nuevo punto de encuentro. Con la población de estos majetes mamíferos disparada y sus encuentros con humanos incrementándose hasta niveles peligrosos, el Gobierno se ha visto obligado a aumentar las licencias de caza para controlar la situación.
Normalmente, cuando se abate un animal considerado plaga o peligroso, el destino final no es el salón de un restaurante con estrellas Michelin. Pero esto es Japón, y aquí, hasta la gestión de una crisis de fauna salvaje puede derivar en una extravagancia culinaria. Así ha nacido la tendencia: la carne de oso.
Lo que empezó siendo una medida de control de población se ha convertido en una oportunidad de negocio que ni el cazador más previsor hubiera imaginado. De repente, el oso, de ser un depredador temido, pasa a ser un ingrediente exótico y caro. Los cazadores, que en muchas regiones lidian con los costes de las licencias y el trabajo de cazar, ahora ven cómo pueden amortizar el esfuerzo vendiendo la carne a precios que harían palidecer a un solomillo de Kobe. Estamos hablando de un producto de alto standing, impulsado por la novedad y una especie de morbo gastronómico.
No esperen encontrar el estofado de oso en el konbini de la esquina. Esto es comida para paladares atrevidos y bolsillos desahogados. Se sirve en elaboraciones sofisticadas, desde *gyozas* rellenas con un toque salvaje hasta estofados de larga cocción. El consumidor paga, literalmente, por el privilegio de probar una carne escasa, capturada bajo circunstancias de emergencia. Es la forma más literal de venganza culinaria: has asustado a mis vecinos, pues ahora te conviertes en mi cena más cara. La crisis de los osos en Japón ha pasado de ser un dolor de cabeza para seguridad pública a ser el menú más exclusivo de la temporada.
