
Imagina que organizas una fiesta de aniversario por todo lo alto, pero tu archienemigo se dedica a llamar uno por uno a todos los invitados para decirles que no vayan. Pues algo así, pero a escala mundial y con menos canapés, es lo que ocurrió entre China y Japón.
Resulta que China se preparaba para celebrar a lo grande el 70º aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial con un desfile militar espectacular, un evento de gran importancia para el presidente Xi Jinping. Sin embargo, al otro lado del mar, en Japón, no estaban muy por la labor de unirse a la celebración.
Es más, decidieron pasar a la acción. El Secretario Jefe del Gabinete de Japón, Yoshihide Suga, confirmó sin tapujos que su gobierno había estado contactando con otros países a través de canales diplomáticos. ¿El mensaje? Pues una sugerencia sutil: ‘Oye, que igual no es la mejor idea que vuestros líderes se dejen caer por el desfile de China’.
La justificación japonesa era que el evento se centraba demasiado en la ‘desafortunada historia pasada’ y tenía un claro ‘elemento antijaponés’, en lugar de buscar la reconciliación entre naciones. En román paladino: ‘Van a aprovechar la fiesta para hablar mal de nosotros, y eso no nos mola’.
Como era de esperar, en Pekín la noticia no sentó demasiado bien. La portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores chino, Hua Chunying, tuvo que salir al paso para aclarar que el evento no estaba dirigido ‘contra ningún país en específico, especialmente no contra Japón’. Según ella, la intención era simplemente ‘recordar la historia, honrar a los mártires, valorar la paz y abrirse al futuro’. Un clásico ‘no eres tú, soy yo… pero no olvides lo que hiciste’. Además, aprovechó para lanzar una pullita, criticando a Japón por su falta de ‘reflexión sincera y profunda’ sobre su propio pasado.
El drama diplomático estaba servido, y la verdad es que la campaña de Japón tuvo cierto éxito. Muchos líderes occidentales, como Barack Obama o Angela Merkel, decidieron no asistir, y por supuesto, el primer ministro japonés, Shinzo Abe, también se quedó en casa. Al final, la diplomacia internacional a veces se parece sospechosamente a los piques del instituto: listas de invitados muy estudiadas, indirectas y un montón de tensión en el ambiente.
