En ocasiones, la burocracia y la logística se alían para crear los chascarrillos más absurdos que uno pueda imaginar. Y este es el caso. Imaginemos la escena: Un equipo de la Administración Civil israelí se dirige a Masafer Yatta, una zona en Cisjordania, con la misión bien definida de demoler una escuela. Un día más en la oficina, ¿verdad?
Pues resulta que no. Aunque la intención estaba ahí, los planes se vinieron abajo, no por la presión internacional, ni por un repentino ataque de conciencia, sino por un enemigo mucho más mundano e implacable: el frío. Al parecer, la temperatura en la zona era tan gélida que los funcionarios y los equipos encargados de llevar a cabo la demolición decidieron que, francamente, era mejor quedarse a cubierto. Las manos congeladas no son ideales para manejar maquinaria pesada o, bueno, para firmar los papeles del papeleo posterior.
Según los informes, la demolición planeada se pospuso porque hacía ‘demasiado frío’ para el personal. Uno no puede evitar imaginarse a los operarios abrigados con bufandas, sorbiendo un chocolate caliente y quejándose de que no les pagan lo suficiente como para enfrentarse a las inclemencias del tiempo mientras llevan a cabo actos administrativos tan delicados como derribar infraestructuras educativas. El mensaje tácito parece ser: las demoliciones se pueden esperar, pero la comodidad térmica del personal es innegociable.
En resumen, mientras que la legalidad del derribo de la escuela es un asunto serio y complejo, la razón del aplazamiento ofrece un momento de surrealismo administrativo que roza lo cómico. Parece que en este rincón del mundo, los termómetros tienen más poder que los tribunales a la hora de dictar cuándo se lleva a cabo la justicia… o la demolición.




