Louis Renault compró una isla del Sena y la cubrió de fábrica hasta el borde del agua. Durante seis décadas pareció un barco amarrado en París…
Hay islas con un pueblo, islas con un faro y una isla que fue, literalmente, una fábrica de coches. Ocurrió a las puertas de París, duró más de seis décadas y el edificio se comió el islote casi entero: los muros bajaban a plomo hasta el agua.
La isla Seguin, un islote de 11,5 hectáreas en el Sena situado frente a Sèvres y Meudon y perteneciente al municipio de Boulogne-Billancourt, estuvo ocupada casi por completo por una fábrica de Renault desde 1930 hasta 1992. Desde la orilla no se veía una isla con una fábrica encima. Se veía, sin más, una fábrica.
¿Cómo acabó Renault siendo dueño de una isla entera?
Louis Renault, fundador de la marca, empezó a comprar la isla parcela a parcela en 1919. Las obras se alargaron durante los años veinte y la producción de coches no arrancó hasta 1930; el conjunto siguió creciendo después hasta cubrir prácticamente toda la superficie disponible.
Renault fue ocupando también las dos orillas, y dos puentes metálicos acabaron enganchando la isla a cada lado: uno colgante hacia el norte, otro de celosía hacia el sur. La isla era la pieza del medio.
¿Por qué la llamaban la fábrica-paquebote?
Larga, con hileras interminables de ventanas y sin orilla que la separara del río, la nave tenía silueta de barco. De ahí el apodo con el que ha pasado a la historia: l’usine paquebot, la fábrica-paquebote. Un transatlántico de hormigón que nunca zarpaba.

Por dentro tampoco era una nave cualquiera: tenía central eléctrica propia y una pista de pruebas en el sótano para rodar los coches sin salir del edificio. La industria francesa del motor ya tenía querencia por las ideas desmedidas —la guía Michelin nació para que gastaras neumáticos—, pero comprarse una isla iba un paso más allá.
En su momento fue la mayor fábrica de Francia: el conjunto de Billancourt, isla incluida, llegó a superar los 30.000 empleados, en una época en la que a muchos obreros todavía los despertaba alguien golpeando su ventana.
¿Qué queda hoy de la isla fábrica?
El último coche, un Supercinq, salió de las cadenas a finales de marzo de 1992. Después vinieron doce años de esqueleto vacío y una demolición que arrancó en marzo de 2004 y terminó en marzo de 2005. La isla quedó pelada: un solar en mitad del río.
Y aquí llega el remate. Apenas dos meses después de rematar el derribo, el proyecto que lo justificaba se cayó: el empresario François Pinault renunció en 2005 a levantar allí su fundación de arte, diseñada por el arquitecto Tadao Andō, y se llevó la colección a Venecia. Hubo que esperar a abril de 2017 para que abriera La Seine Musicale, la sala de conciertos que hoy ocupa la punta de aguas abajo. Un edificio colosal no es de por sí una rareza —en China hay una pirámide de cien metros llena de viviendas—, pero encima de una isla y solo para hacer coches, sí.
Tirar abajo una isla llevó un año. Decidir qué poner encima lleva ya más de veinte.
Vía Renault Group, Wikipedia, Association Renault Histoire, Le Moniteur y Xataka.




