
La época en la que el gimnasio se tomaba de forma literal
Para empezar este viaje al pasado, tenemos que hablar de los antiguos griegos. Si hoy nos escandalizamos por un bañador demasiado ajustado, imagínate llegar al estadio y ver a todo el mundo compitiendo completamente desnudos. Lo hacían para mostrar su condición física y rendir culto a los dioses, aunque sospechamos que ahorrar en detergente también era un punto a favor. Además, las mujeres tenían prohibido participar e incluso asistir como espectadoras bajo pena de muerte. Un ambiente de lo más acogedor, vamos.
El maratón de 1904 o cómo sobrevivir a un despropósito
Si hay un evento que se lleva la palma en cuanto a locura, es el maratón de St. Louis 1904. Aquello no fue una carrera, fue un experimento de supervivencia de lo más bizarro. El ganador, Thomas Hicks, cruzó la meta tras ingerir claras de huevo mezcladas con estricnina (sí, veneno para ratas) y brandy como estimulante. Por si fuera poco, un corredor cubano llamado Andarín Carvajal decidió parar a mitad de carrera para comer unas manzanas que resultaron estar podridas. Le sentaron tan mal que se echó una siesta de una hora para recuperarse y, aun así, ¡terminó en cuarta posición!
Pichones, bellas artes y estrellas de Hollywood
En los Juegos de París 1900, la organización consideró que sería buena idea usar animales vivos para la competición de tiro. El resultado fue una escabechina de más de 300 pichones que, por suerte para la fauna mundial, nunca se volvió a repetir. Pero no todo era deporte físico; durante décadas, la pintura, la música, la arquitectura y la literatura fueron disciplinas olímpicas oficiales con sus propias medallas. Si eras un hacha con el pincel, podías ser campeón olímpico. Además, figuras como Johnny Weissmuller, el famoso Tarzán del cine, demostraron que se podía pasar del podio a la gran pantalla tras ganar cinco oros en natación. La historia olímpica es, definitivamente, un guion de película que nadie se atrevería a inventar.
