El hielo con celulosa aguanta como el hormigón y viene de 1943

En 1943 hubo un plan serio para fondear un portaaviones de hielo en mitad del Atlántico. Un laboratorio israelí acaba de rehacer aquella receta…

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En 1943 hubo un plan serio para fondear un portaaviones de hielo en mitad del Atlántico. Un laboratorio israelí acaba de rehacer aquella receta…

En 1943 hubo un plan serio para fondear en el Atlántico Norte un portaaviones de hielo. No de acero: de hielo con pulpa de madera dentro. Ochenta y tres años después, un laboratorio israelí ha rehecho aquella receta a escala molecular.

El material se llama BioPykrete: hielo reforzado con nanocristales de celulosa y una proteína diseñada que hace de pegamento. Según el equipo de la Universidad Hebrea de Jerusalén que lo firma, resiste a compresión unas diez veces más que el hielo puro: cifras de hormigón convencional.

¿Por qué este hielo no se hace añicos?

La gracia no está solo en lo que aguanta, sino en cómo se rompe. Al congelarse, las cadenas de celulosa se ordenan solas y tejen una red entre los cristales: cuando aparece una grieta, la frenan y la desvían.

La proteína es la pieza fina, quimérica: un extremo agarra el hielo y el otro la celulosa. El compuesto absorbe unas setenta veces más energía que el hielo puro antes de fallar, y la proteína duplica lo que aguanta la mezcla sin ella.

«El resultado cambia no solo lo resistente que es el hielo, sino también cómo se rompe. En lugar de hacerse añicos de golpe, puede absorber mucha más energía y deformarse gradualmente», explica Ido Braslavsky, autor sénior del trabajo.

¿Quién quiso construir un portaaviones de hielo?

La idea salió de Geoffrey Pyke, inventor británico del cuartel general de Operaciones Combinadas. El acero escaseaba y el hielo costaba alrededor del 1 % de la energía que exigía la misma masa de acero. Pyke se lo pasó a lord Louis Mountbatten, que se lo llevó a Churchill.

Max Perutz, futuro premio Nobel de Química, dio con la proporción: 14 % de pulpa de madera y 86 % de agua. Lo bautizaron pykrete, por Pyke. El Habakkuk II iba a medir unos 600 metros de eslora y desplazar más de millón y medio de toneladas, varias veces un portaaviones de acero.

Bloque pardo de hielo con pulpa de madera apoyado en un tronco, con un cráter de impacto de bala en su cara superior
Una réplica casera de pykrete, con más madera de la cuenta: el primer disparo rebotó; hicieron falta siete más para perforarla. Foto: CyranoDeWikipedia (CC BY-SA 3.0).

El 19 de agosto de 1943, en la conferencia de Quebec, Mountbatten se plantó con dos bloques —uno de hielo, otro de pykrete— y una pistola. Al hielo lo reventó. Del segundo avisó de que se vería la diferencia. Alan Brooke, jefe del Estado Mayor Imperial, lo anotó en su diario:

«La bala rebotó en el bloque y zumbó alrededor de nuestras piernas como una abeja furiosa».

Se cuenta que rozó la pernera del almirante Ernest King. Perutz, eso sí, sostuvo después que el rebote ocurrió mucho antes en Londres y que quien disparó no fue Mountbatten.

¿Qué queda hoy de aquel portaaviones de hielo?

El prototipo se levantó ese año en el lago Patricia, en Jasper (Canadá): dieciocho metros por nueve, mil toneladas y un motor de un caballo para mantenerlo congelado. En verano se apagó la refrigeración y en diciembre se archivó todo: ya había portaaviones de escolta y aviones de más alcance.

El bloque acabó en el fondo, y ahí siguen sus restos: vigas y tuberías por el lecho, a oscuras como el agua bajo el hielo antártico. Unos buceadores voluntarios le pusieron placa en 1988, también sumergida: para leer el monumento hay que ponerse la botella.

De plan disparatado a material de laboratorio en ochenta y tres años. Tampoco es raro: el microondas también salió de la guerra, y ahí sigue, en la cocina.

Vía la Universidad Hebrea de Jerusalén, el estudio, Project Habakkuk, Pykrete, Defense Media Network, el Alberta Aviation Museum y DIVER magazine.