En junio de 1975 un amigo de Barney Curley se encerró en la cabina del hipódromo de Bellewstown fingiendo llamar a un hospital que no existía…
Imagina un caballo tan flojo que en dos temporadas no ha acabado nunca mejor que octavo. Ahora imagina que apuestas por él prácticamente todos tus ahorros. Y que ganas. En junio de 1975, un norirlandés llamado Barney Curley hizo exactamente eso, y su arma secreta no fue el caballo: fue una cabina telefónica.
Curley metió a un amigo dentro de la cabina pública del hipódromo de Bellewstown, en el condado irlandés de Meath, unos veinticinco minutos antes de la carrera. Sin ese teléfono, las casas de apuestas del resto del país no pudieron avisar a los corredores que trabajaban a pie de pista: la cuota de su caballo, Yellow Sam, se quedó clavada en 20 a 1 y Curley se llevó unas 300.000 libras irlandesas.
¿Por qué una cabina telefónica podía cegar a los corredores de apuestas?
El sistema de 1975 tenía un punto débil muy concreto. La gente apostaba en las casas de apuestas de las ciudades, pero la cuota que decidía el pago final se fijaba en el mercado del propio hipódromo. Si en Dublín alguien cargaba de golpe dinero sobre un caballo, la casa llamaba al recinto para apostar allí también y forzar la bajada de la cuota.
Bellewstown tenía dos líneas: esa cabina pública y una línea privada de la empresa Extel, que servía datos a las casas de apuestas. La de Extel quedó inutilizada aquella mañana. De la cabina se encargó Benny O’Hanlon, que se encerró dentro y fingió una llamada angustiada a un hospital inexistente para preguntar por una tía moribunda. La cola que esperaba fuera le dejó seguir por compasión: aguantó media hora dentro.

¿Cuánto dinero se movió sin levantar sospechas?
Mientras O’Hanlon monopolizaba la línea, decenas de amigos, conocidos y peones pagados repartidos por toda Irlanda entraban en las casas de apuestas con cantidades deliberadamente modestas, de entre 50 y 300 libras, para no disparar ninguna alarma. Entre todos colocaron algo más de 15.000 libras: todos los ahorros de Curley. Al lado de esto, calentar un sensor meteorológico para ganar una apuesta parece cosa de aficionados.
Un caballo que no había ganado nada, un teléfono ocupado y todos los ahorros de un hombre encima de la mesa.
¿Cómo acabó la carrera y por qué los corredores tuvieron que pagar?
Yellow Sam, entrenado por Liam Brennan y montado por Michael Furlong en una carrera de jinetes en su mayoría aficionados, ganó por dos cuerpos y medio. Los corredores de apuestas se resistieron al principio, pero no apareció ninguna ley rota: ocupar una cabina telefónica no es delito. Acabaron pagando en billetes de una libra, 108 bolsas llenas.
Aquellas 300.000 libras irlandesas equivaldrían hoy a más de 1,7 millones de euros. No está mal para una tarde de carreras en un pueblo de la Irlanda profunda, y desde luego supera a los golpes de suerte con la lotería, que al menos tienen la decencia de depender del azar.
¿Qué queda hoy en Bellewstown?
La cabina sigue en el hipódromo, fuera de servicio y convertida en atracción, con un mural de Curley al lado y un bar bautizado Yellow Sam que abrió en el cuarenta aniversario del golpe. Barney Curley murió el 23 de mayo de 2021, a los 81 años, tras décadas volcado en Direct Aid for Africa, la organización que cofundó para trabajar en Zambia después de perder en diciembre de 1995 a su hijo Charlie, de 18 años, en un accidente de tráfico cerca de Newmarket.
De todo aquello, lo que Bellewstown conserva y enseña no es el caballo ni el dinero. Es la cabina.
Vía Damn Interesting, con datos de Wikipedia y Sporting Life.




