A ver, que levante la mano quien, teniendo un problema gordo en casa, acude al vecino que lo tiene peor para pedirle consejo. ¿Nadie? Pues esto es, más o menos, lo que está pasando en Estados Unidos, concretamente entre los estados de Georgia y Misisipi. La historia es tan peculiar que parece sacada de un guion de comedia negra.
Imaginaos la situación: Georgia, un estado con 11 millones de habitantes, tiene un lío considerable con su sistema de bienestar infantil. Hay más de 11.000 niños bajo la tutela del estado, y la cosa está tan mal que algunos de estos peques acaban durmiendo en oficinas, hoteles o salas de urgencias porque no hay plazas adecuadas para ellos. Los trabajadores sociales están desbordados, con cargas de trabajo que rozan lo inhumano. Vamos, un panorama desolador que requiere soluciones urgentes y, sobre todo, efectivas.
Y aquí viene el giro argumental. La comisionada del Departamento de Servicios Humanos de Georgia, Candice Broce, ha anunciado a bombo y platillo que están «aprendiendo de los esfuerzos de Misisipi» para mejorar su propio sistema. Sí, habéis leído bien. Misisipi.
Ahora, pongamos un poco de contexto sobre Misisipi. Este estado, con ‘solo’ 3 millones de habitantes, no es precisamente un referente en cuanto a bienestar infantil. De hecho, suele ocupar el farolillo rojo, o al menos uno de los puestos de cola, en la mayoría de los rankings de salud y bienestar infantil de EE. UU. Hablamos de la tasa de pobreza infantil más alta, la tasa de mortalidad infantil más elevada, bajo acceso a la atención médica, poca inversión en educación… ¿Seguimos? Incluso llevan bajo supervisión federal desde 1993, a raíz de una demanda que destapó un sistema plagado de abusos y negligencias. Es decir, que están un poco como para dar lecciones, ¿verdad?
La noticia ha dejado a los defensores de la infancia con la boca abierta, no solo en Georgia, sino también en el propio Misisipi. La perplejidad es total. ¿Cómo es posible que un estado en apuros mire a otro que está en una situación aún más comprometida como modelo a seguir? Algunos especulan que quizás el hecho de que Misisipi tenga menos niños en acogida (unos 4.000 o 5.000) ha sido un factor, pero los expertos insisten en que eso no significa que el sistema funcione bien, sino que quizás están fallando en identificar o intervenir antes de que los problemas escalen.
En definitiva, la decisión de Georgia de pedirle el manual de «buenas prácticas» a Misisipi es una de esas ironías que nos hacen rascar la cabeza y preguntarnos si estamos en un capítulo de ‘El Ministerio del Tiempo’ pero a la americana, o si simplemente alguien ha tenido un lapsus. Esperemos que, por el bien de los niños, esta «inspiración» no acabe llevando a Georgia por el mismo camino pantanoso que su, ejem, «maestro».




