
Un vuelo de la aerolínea Delta que despegó del aeropuerto JFK de Nueva York con destino a Atlanta se encontró en medio de una crisis inesperada: la rebelión de un felino. La aeronave, cargada de pasajeros que esperaban llegar a su destino sin sobresaltos, se vio forzada a cambiar drásticamente su ruta debido a las aspiraciones de un pasajero peludo, concretamente un gato.
El minino en cuestión era la mascota de una familia militar que regresaba a Estados Unidos. Viajaba en la bodega, supuestamente contenido en un transportín de cartón. Pues bien, este gato demostró que las cajas, por muy homologadas que estén, son solo un desafío para sus poderosas mandíbulas. Haciendo gala de una determinación digna de Houdini, el felino masticó su camino hacia la libertad.
Una vez libre, el animal se convirtió en un polizón activo en el interior del aparato. Aunque los detalles de su tour de reconocimiento son escasos, la tripulación se percató de la fuga. Tener a un animal suelto en una zona crítica o, simplemente, saber que hay una criatura itinerante por los conductos o la bodega de un avión no es precisamente algo que se contemple en los manuales de seguridad aérea. La decisión fue inmediata y drástica.
El piloto, a pesar de estar ya bastante cerca de Atlanta, tuvo que ejecutar un desvío hacia Orlando, Florida. Una vez en tierra, el gato, cuyo nombre no ha trascendido (pero bien podría ser ‘Rompedor’ o ‘Mandíbulas’), fue capturado sano y salvo. Un final feliz para el aventurero bigotudo, pero un auténtico fastidio para los pasajeros.
El aterrizaje forzoso y la gestión de la situación generaron un retraso tan considerable que el avión ya no pudo continuar su viaje a Atlanta ese mismo día. Así, docenas de viajeros se quedaron varados en Orlando, cortesía de un minino demasiado ambicioso. La moraleja es clara: no subestimes la tenacidad dental de un gato que prefiere las vistas de la cabina a la oscuridad de la bodega.
