
Prepárense, amantes del pan y de las historias con miga, porque la cosa va en serio: ¡Francia está en pie de guerra por su baguette! Y no, no es ninguna broma. Nuestro querido país vecino ha puesto el grito en el cielo para que esta barra de pan, tan icónica como la Torre Eiffel o un buen vino tinto, sea reconocida nada menos que como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO. ¡Casi nada!
La situación, aunque suene a chiste, tiene su chicha. La Confederación Nacional de la Boulangerie-Pâtisserie Française (CNBPF) está sudando la gota gorda porque el número de panaderías tradicionales ha caído en picado, ¡20.000 menos en medio siglo! Y con ellas, la calidad de la baguette, que ahora se enfrenta a la producción industrial y a esos panes precocinados de supermercado que, seamos sinceros, tienen de baguette lo mismo que un churro de caviar. ¡Pura traición panarra!
Incluso el mismísimo presidente Macron, con su característica seriedad (y su gusto por las buenas barras), se ha puesto el gorro de panadero y ha dicho alto y claro que «la baguette es envidiada en todo el mundo» y que es «parte de la vida cotidiana francesa». Y es que, ¿quién no se ha imaginado alguna vez paseando por París con una baguette bajo el brazo, recién salida del horno? Es un símbolo, una forma de vida, ¡casi una religión que cruje al morder!
La movida es proteger esa receta ancestral que hace que una baguette sea una baguette de verdad: solo harina, agua, sal y levadura, con un proceso de fermentación lento que le da ese sabor y esa corteza crujiente tan característicos. Es la batalla contra la «mala baguette», esa que no sabe a nada y que, dicen, está desvirtuando una joya gastronómica. Ya en los 90 hubo una especie de «guerra de las baguettes» cuando los supermercados empezaron a vender versiones baratas y de peor calidad, lo que llevó a la creación de una «Carta de Buenas Prácticas» en 1993 para definir los ingredientes. ¡Un verdadero tratado de paz panadero!
El proceso para conseguir el sello de la UNESCO es largo y complicado, podría llevar años, pero la esperanza es lo último que se pierde. Francia no puede permitirse el lujo de perder más baguettes de verdad, de esas que huelen a gloria y que te alegran el desayuno, la comida o la merienda. ¡Que viva la baguette! Y que la UNESCO se dé prisa, antes de que nos quedemos sin ellas y solo nos queden imitaciones sin alma.
