Tres piedras de casi siete metros llevan milenios de pie en un campo de Yorkshire. Ahora se sabe de dónde salieron y quién tuvo que arrastrarlas…
En un campo de cereal a las afueras de Boroughbridge, en el norte de Inglaterra, hay tres piedras clavadas en el suelo que no pintan nada ahí. Miden hasta casi siete metros, pesan más de 25 toneladas cada una y asoman por encima de los tejados del barrio de al lado. Se llaman las Flechas del Diablo y acaban de confesar de dónde vienen.
Las Flechas del Diablo son tres megalitos prehistóricos alineados junto a Boroughbridge, en Yorkshire del Norte. Un estudio publicado en septiembre de 2026 en Proceedings of the Royal Society A ha identificado la cantera de la que salieron: Brimham Rocks, a por lo menos 18 kilómetros al oeste. No las trajo ningún glaciar. Las movió gente.
¿Por qué se llaman las Flechas del Diablo?
Porque durante siglos esa fue la explicación oficial. Cuenta la leyenda —documentada por escrito al menos desde comienzos del siglo XVIII— que el diablo se subió a la loma de How Hill y lanzó las piedras contra el pueblo vecino de Aldborough para derribarlo. Falló. Se quedaron cortas y aterrizaron de pie en Boroughbridge, donde siguen. Europa tiene debilidad por estas explicaciones: la torre inclinada de Toruń se torció, según la versión local, por un amor prohibido.
Visto el tamaño, la versión diabólica tampoco era la más disparatada. La mayor se eleva sobre el suelo más que cualquier piedra de Stonehenge y en toda Gran Bretaña solo la gana el monolito de Rudston. Es Yorkshire, la comarca donde un párroco imaginó los agujeros negros.
¿Cómo se sabe de dónde salió la piedra?
Con celo. El equipo —Anthony Clarke y Chris Kirkland, de la Universidad de Curtin (Australia), y Jim Leary, de la Universidad de York— pegó cinta adhesiva sobre los megalitos para levantar granos minerales microscópicos sin taladrar ni cortar nada. Analizaron más de 400. Entre ellos había circón y apatito, dos minerales que funcionan como huella dactilar: la edad de sus cristales delata en qué afloramiento se formó la roca.
La huella señaló Brimham Rocks y descartó Plumpton Rocks, el candidato de toda la vida. También hace inviable el acarreo glaciar: el hielo no bajó por ahí en la dirección adecuada. Alguien arrastró esas moles, probablemente entre el final del Neolítico y los inicios de la Edad del Bronce.
Ninguna de las tres piedras salió de la cantera más próxima. Las eligieron a propósito.
¿Dónde acabó la cuarta flecha?

Hubo al menos cuatro piedras, quizá cinco. Una se vino abajo y acabó troceada: parte acabó en los cimientos de un puente, el Peg Bridge. Otro trozo, todo apunta, lleva siglos a la vista de todos convertido en la Battle Cross, una cruz tallada de 5,5 metros que recuerda la batalla de Boroughbridge de 1322 y que desde 1852 se levanta en el pueblo de Aldborough.
Su firma mineral comparte rasgos con la de las Flechas, lo que apoya —sin demostrarlo del todo— que se labró a partir del megalito desaparecido, como sospechaba el anticuario J. R. Walbran en el siglo XIX. Recuerda a aquel sarcófago romano que pasó 200 años haciendo de maceta: el objeto extraordinario no estaba perdido, estaba disimulado.
Quedan tres flechas en su campo, una probablemente reconvertida en cruz y un diablo con pésima puntería. De toda la historia, lo único que no se sostiene es la parte que todo el mundo se sabía.
Vía Proceedings of the Royal Society A, The Conversation, Universidad de Curtin, Archaeology Newsroom y Britain Express.
Foto de portada: Colin Park / CC BY-SA 2.0.




