Atención, amantes de las fiestas y de las historias que parecen sacadas de una comedia de enredos, porque lo que os traemos hoy supera cualquier guion. Imaginaos la escena: una casa en Perth, Australia, música a todo trapo, jóvenes pasándolo en grande… hasta que el ambiente festivo da un giro inesperado y se convierte en una especie de congreso de la tercera edad, pero con un toque muy, muy particular.
Estamos hablando de un fiestón en el barrio de Padbury que terminó con una buena parte de los asistentes, digamos, «un poco torpes». ¿El culpable? Una sobredosis de ketamina que dejó a los chavales en un estado conocido como «k-hole», donde la disociación y la pérdida de habilidades motoras son las protagonistas. La gente, de repente, se encontraba con sus piernas haciendo lo que les daba la gana, menos caminar con normalidad.
Y aquí es donde la historia se vuelve realmente hilarante y, a la vez, un poco surrealista. Incapaces de mantener el equilibrio por sí mismos, los invitados empezaron a buscar apoyo desesperadamente. ¿Qué hay a mano en una fiesta casera? Pues de todo. Una testigo, de nombre Amy, contó cómo veía a gente «paralizada» intentando desplazarse con lo primero que pillaban. ¿Un bastón? Sí, alguno había. ¿Una escoba? Por supuesto. ¿Un gnomo de jardín? ¡Exacto! Un invitado, en su lucha por la bipedestación, se aferró a un pobre gnomo como si su vida dependiera de ello. Otro, con un sentido del humor involuntario, optó por usar un didgeridoo, el instrumento aborigen, como muleta improvisada. Los propios paramédicos que acudieron a la llamada de auxilio confirmaron que se encontraron con una escena de lo más peculiar, con jóvenes usando desde bastones de verdad hasta cualquier palo que les diera una mínima estabilidad.
El resultado de esta aventura «etílica» (o mejor dicho, ketamínica): cuatro personas acabaron en el hospital y entre quince y veinte más necesitaron asistencia médica, algunos de ellos con tan solo 17 años. La policía investigó el suceso, que apuntaba a ketamina de alta pureza, pero afortunadamente no se presentaron cargos.
En fin, una noche que prometía ser épica para recordar, lo fue, pero no precisamente por los pasos de baile. Más bien, por los pasos lentos, torpes y apoyados en gnomos que quedarán para la anécdota. Una lección de que las fiestas pueden llevarnos a situaciones de lo más inverosímiles, y a veces, todo lo que necesitamos es un gnomo para contarlo.



