Dar una muestra a los alumnos para que la identifiquen es rutina en cualquier clase de microbiología. Pero en una universidad de Utah (Estados Unidos), en septiembre de 2025, ese ejercicio de andar por casa terminó con 32 personas bajo tratamiento antibiótico preventivo y dos de ellas sometidas a una punción lumbar, después de que las pruebas de laboratorio apuntaran a la bacteria que causa la meningitis.
¿Qué pasó exactamente en el laboratorio de Utah?
El profesor repartió a la clase una muestra que, en teoría, debía identificarse como Plesiomonas shigelloides, una bacteria de agua dulce mucho más anodina que, como mucho, provoca una gastroenteritis. Pero ningún resultado cuadraba con eso: las pruebas de morfología y química apuntaban, una y otra vez, a Neisseria meningitidis, la bacteria responsable de buena parte de los casos de meningitis bacteriana grave.
El susto no se quedó en el aula. Al revisar el congelador del almacén de microbiología, el personal encontró un vial de esa misma bacteria que, según la investigación posterior, no debería haber estado ahí: las autoridades sanitarias de Utah detectaron varias irregularidades en cómo se guardaban y etiquetaban las muestras del laboratorio.
¿Cuántas personas recibieron tratamiento por precaución?
El caso, que los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos acaban de documentar en su boletín semanal, señala que 32 personas —entre estudiantes, profesorado y personal del laboratorio— recibieron antibióticos como profilaxis postexposición. Dos de ellas, además, pasaron por una punción lumbar para descartar que la infección hubiera llegado al líquido cefalorraquídeo.
Ninguna de las personas expuestas llegó a desarrollar una enfermedad grave, según el informe oficial del caso.
¿Cómo terminó la historia del susto de meningitis?
Aquí llega el giro: tras secuenciar el genoma completo de la muestra, los análisis confirmaron que la bacteria real no era Neisseria meningitidis, sino su prima Neisseria sicca, una especie que vive tranquilamente en la garganta de mucha gente sana y que no provoca la enfermedad. Una variante atípica de esta bacteria inofensiva había despistado a las primeras pruebas de identificación.
Fue, en resumen, una alarma sanitaria de manual sin ningún enfermo real: días de nervios, un buen puñado de antibióticos de más y una lección sobre por qué el orden en el almacén de un laboratorio importa tanto como lo que se hace encima de la mesa.
No es la primera vez que una alerta que sonaba a tragedia se disuelve en anécdota: por aquí ya vimos una cebra fugitiva que en realidad era un burro pintado, un supuesto cadáver que resultó ser un muñeco sexual y hasta un gato que colapsó los avisos de los bomberos por pura cabezonería.
Vía Neatorama, con datos del informe original de los CDC (MMWR).

