Imaginen esta escena: eres ciudadano de pleno derecho, con tu pasaporte y tus papeles en regla, y de repente, por un cruce de documentos digno de la peor comedia de enredos administrativa, te ves con un billete de solo ida y escoltado fuera del país. Esto no es el guion de una serie de sátira política, sino la vida real en Estados Unidos, donde el Tío Sam, en un momento de despiste histórico, consiguió deportar accidentalmente a uno de sus propios compatriotas.
El ciudadano, cuya identidad se vio completamente subsumida por un expediente mal archivado o mal leído, fue confundido con un inmigrante indocumentado. Las agencias de control de inmigración, que supuestamente deberían tener un control estricto sobre quién entra y, sobre todo, quién tiene derecho a estar dentro, metieron la pata hasta el fondo. Parece que la máquina de la burocracia estadounidense, a veces, es tan eficiente como un colador intentando retener agua. La confusión, claro está, llevó al afectado a cruzar la frontera de manera forzosa, sin desearlo ni merecerlo, siendo expulsado a México (o un país vecino) por un simple error administrativo.
La gravedad de la situación es hilarante si no fuera tan seria. ¿Cómo es posible que una nación con la tecnología y los recursos de EEUU expulse a uno de sus propios ciudadanos? Solo después de que se percatasen del error monumental, el gobierno tuvo que tragarse su orgullo y emitir una disculpa oficial. Sí, una disculpa por enviarte de vacaciones no deseadas y forzadas a otro país. Además de la humillación, es un recordatorio de que hasta las administraciones más potentes tienen días donde su gestión es comparable a la de un adolescente organizando su habitación. Un fallo garrafal que demuestra que, a veces, la realidad supera con creces a cualquier guion de ficción sobre pifias burocráticas.




