Bryan Murray se calzó por primera vez unos esquís acuáticos en 1955, cuando el rock and roll apenas despegaba. Setenta años después sigue ahí: de pie sobre el agua, agarrado a la cuerda y saludando a la cámara. A sus 94 años, este neozelandés acaba de entrar en el libro Guinness como el esquiador acuático más veterano del mundo.
Setenta años sin soltar la cuerda
El récord es oficial: Guinness World Records lo reconoció con 94 años y 318 días, en categoría masculina, tras deslizarse por el lago Kereta, cerca de Auckland, el pasado abril. Poco después soplaba las velas de su 95 cumpleaños. Y no es un abuelo cualquiera: es bisabuelo, con diez bisnietos que ya han visto a su patriarca hacer lo que muy pocos harían a esa edad.
Murray empezó a esquiar en 1955, casi por casualidad, y desde entonces no ha encontrado una buena razón para dejarlo. Ha competido en torneos por todo el país y, según la prensa neozelandesa, ni una operación de cadera reciente lo ha mantenido lejos del agua demasiado tiempo. Su secreto, dice, es más de actitud que de gimnasio.
No dejas de hacer cosas porque te hagas demasiado viejo; te haces viejo porque dejas de estar activo.
La edad como número, no como excusa
Lo suyo encaja en una galería de récords Guinness que celebran la cabezonería feliz: desde un gato que igualó una marca mundial hasta un maestro que lleva dos décadas endureciendo sus manos a golpes. La constancia, ya se ve, no entiende de especies ni de calendarios.
Tampoco es el primero en demostrar que el esquí acuático se lleva en la sangre a cualquier edad: en Planeta Zapping ya nos rendimos ante Twiggy, la ardilla que esquía sobre el agua. Pero una cosa es la anécdota simpática y otra sostener el equilibrio, la fuerza y los reflejos para hacerlo casi a los 95.
La próxima vez que te quejes de que las rodillas ya no son lo que eran, acuérdate de Bryan Murray, que a esa edad todavía levanta espuma. Al parecer, la única forma segura de ser demasiado mayor para algo es convencerse de que lo eres.

