
¡Menuda movida en Portland! Parece que por allí el dicho de ‘cuidado con lo que dices’ se lo han tomado muy en serio, pero a niveles que rozan lo inverosímil. Resulta que un hombre, en pleno plan de herido de bala, ha conseguido meterse en un lío aún mayor con la ley, y todo por culpa de su boquita de piñón.
La cosa fue así: en el sudeste de Portland, una zona con cierta fama de ser un poco… ‘movida’ y propensa a las actividades menos recomendables, nuestro protagonista de 39 años y de raza blanca, se encontró con un agujero de bala en el abdomen. Los servicios de emergencia, ni cortos ni perezosos, acudieron raudos a socorrerle. Hasta ahí, todo normal. Un herido, la ambulancia, el hospital… la rutina habitual en un suceso de este tipo, ¿verdad? Pues no, nada de eso.
Mientras los paramédicos y bomberos intentaban estabilizarle y curarle la herida, el hombre decidió que era el momento ideal para soltar una retahíla de insultos racistas, dirigidos a un hombre negro que estaba presente en la escena. Sí, has leído bien. Con un agujero sangrante en el abdomen y probablemente dolorido hasta el tuétano, ¡su prioridad fue lanzar improperios discriminatorios! Uno pensaría que estaría más preocupado por no desangrarse o por su propia supervivencia, pero cada uno tiene sus prioridades.
Pero la justicia, amigos, tiene caminos inescrutables y a veces absurdos. La policía de Portland ha confirmado que, aunque este señor fue, inicialmente, la víctima del tiroteo (el tirador, por cierto, sigue campando a sus anchas), también está siendo investigado por un delito de odio. ¿La razón? En Oregón, la ley de crímenes de odio es bastante peculiar y tiene un alcance amplio. No importa si eres el instigador de la violencia inicial o si acabas con una bala en el cuerpo; si profieres insultos racistas contra alguien, te expones a que te investiguen por ello. La portavoz de la policía lo dejó bien claro: ‘la ley se aplica independientemente de si la víctima del delito de odio es el instigador de la violencia’. Es decir, el verdadero agredido aquí no fue quien recibió la bala, sino quien recibió los insultos racistas. Un giro legal que te deja con la boca abierta.
Así que nuestro herido de bala, que probablemente pensaba que ya había tenido suficiente drama para un día, ahora tiene que añadir a su historial médico y penal una investigación por delito de odio. Imagina la conversación en el hospital: ‘Sí, doctor, me dispararon. Ah, y por cierto, la policía me está investigando por racismo’. Un giro de guion tan inesperado que ni el mejor director de cine de serie B podría haber ideado. La verdad es que cuesta creer que la estupidez humana no tenga límites.
En resumen, la próxima vez que te encuentres herido en medio de un jaleo, quizás sea mejor morderte la lengua… o, al menos, no desahogar tu frustración con exabruptos racistas. Porque en Portland, el karma no solo te dispara, sino que también te pasa factura legal por tus palabras. ¡Que te quiten lo bailao, pero que no te metan en un lío mayor por bocazas!
